Desde la lejana y civilizada Londres, un estratega de la gestora de activos Janus Henderson Investors ha tenido una revelación casi mística: Bolivia podría ser «una de las sorpresas» de inversión para 2027. Al parecer, ven al país andino como ese billete de lotería arrugado en el fondo de un cajón, que podría valer una fortuna si alguien se molesta en plancharlo. La condición, claro, es que el país logre destrabar su propio potencial, que hasta ahora parece más trabado que la digestión después de una parrillada.
El supuesto tesoro no es oro ni petróleo, sino algo mucho más moderno: minerales críticos y tierras raras. Hablamos de esos ingredientes mágicos como el neodimio y el disprosio, indispensables para fabricar los imanes de los autos eléctricos y los molinos de viento con los que los ecologistas sueñan. El problema es que para sacar esa riqueza, el Estado boliviano tendría que flexibilizar sus reglas, que actualmente son más restrictivas que la dieta de un actor de Hollywood antes de una escena sin camisa.
Ahora, no se vaya a pensar que la recomendación es comprarse una pala y un casco para irse a Bolivia. El propio experto aclara que la jugada inteligente es invertir en empresas internacionales que ya tienen operaciones allí, básicamente apostando al jinete valiente que se atreve a montar el caballo salvaje. Invertir directamente requiere un «estómago» de acero y la paciencia de un santo, pues el proceso desde la exploración hasta la producción tarda en promedio 17 años, tiempo suficiente para ver pasar tres o cuatro gobiernos distintos y sus respectivas crisis.
Para que los grandes capitales se animen a entrar, Bolivia tiene una pequeña lista de deberes que parece sacada de los doce trabajos de Hércules. Primero, tiene que controlar su «hemorragia de dólares» y reconstruir sus reservas internacionales, lo que equivale a decirle a alguien que llene una piscina con un gotero. Además, sugieren que impulse el turismo, como si atraer visitantes fuera tan fácil como poner un par de hoteles bonitos y esperar a que lleguen las autofotos.
Pero espere, que aún hay más. También necesitan una nueva Ley de Inversiones que asegure que el capital privado no será tratado como el villano de la película. Y como si fuera poco, Bolivia debe mejorar las relaciones con sus vecinos para poder sacar sus productos al mundo, ya que no tiene salida al mar. Especialmente con Chile, que tiene la llave de la puerta más eficiente, una relación históricamente tan relajada como una cena familiar en Navidad.
Como remate, el analista menciona que los US$1.900 millones que podría prestar el FMI son, por sí solos, una cifra poco contundente, pero que servirían como un «voto de confianza». Es el equivalente financiero a que te den una palmadita en la espalda mientras tu casa está en llamas. Si todo sale bien, ese monto podría crecer hasta los US$5.000 millones, una cantidad que sí podría ayudar al país a superar su «crisis inmediata» y, con suerte, a comprarse un mapa para encontrar ese tesoro del que todos hablan.





