Resulta que el peso mexicano, esa moneda que históricamente ha tenido más altibajos que una telenovela de las nueve, ahora presume de una estabilidad digna de un mueble sueco. Según un tal Jonathan Fortun, un economista que al parecer tiene tiempo libre para observar estas cosas, el secreto es simple: los inversionistas extranjeros han huido en estampida. Parece que nuestra deuda dejó de ser tan atractiva como antes, y ahora el peso es menos propenso a tener ataques de pánico cada vez que a la economía mundial le da gripa.
Las cifras son para enmarcarse en la pared del baño. Allá por el 2015, los extranjeros poseían casi el 40% de los títulos de deuda mexicana, como si fueran los dueños del antro. Ahora, con suerte, controlan un miserable 11%, una caída de 28 puntos que ni el más pesimista se esperaba. De los 16.04 billones de pesos en circulación, el 88.9% está en manos de aburridos residentes locales, dejando a los foráneos con un rinconcito que apenas les alcanza para los refrescos.
Este éxodo, según el experto Fortun, le quitó al peso el título de “el chico de los golpes” de los mercados emergentes. Antes, cualquier susto financiero en el planeta terminaba con el peso pagando los platos rotos, como ese amigo que siempre pone su tarjeta en el bar y luego nadie le paga. Ahora, con menos capital golondrino, las amenazas del T-MEC y otros dramas internacionales le hacen al tipo de cambio lo que el viento a Juárez.
Claro que no todo es una fiesta. Para mantener a los pocos valientes que quedan y atraer a los locales, México tiene que ofrecer rendimientos más jugosos que una naranja de mercado. Mientras el bono estadounidense te paga un triste 4.84%, el mexicano se estira hasta un generoso 9.3%. Es como invitar a tus amigos a cenar prometiéndoles un festín, mientras tu vecino apenas ofrece galletas saladas.
El problema es que esta generosidad ya no impresiona tanto a los extranjeros. Con las tasas subiendo en sus propios países, muchos prefieren ganar un rendimiento decente en pijama, desde su casa y en su propia moneda, sin el riesgo de invertir en un mercado emergente. Es la versión financiera de preferir ver una serie en casa en lugar de salir a una fiesta donde no conoces a nadie y la música está muy fuerte.
Así que el peso está más estable, sí, pero porque ahora depende casi por completo de los inversionistas nacionales. Fortun advierte que esto es como un acto de circo sin red de seguridad: si a los tenedores locales les da por vender masivamente por un susto fiscal, no habrá nadie para atrapar al peso en su caída. En resumen, pasamos de una relación tóxica con extranjeros a una codependencia con los de casa. Esperemos que la familia no nos falle.





