En un giro de los acontecimientos que nadie pidió pero que igual nos recetaron, el presidente francés, Emmanuel Macron, se ha despertado con ganas de convertirse en el padre regañón de todo un continente. Su nueva cruzada, más épica que encontrar estacionamiento en quincena, es pedirle a su colega Ursula von der Leyen que saque una ley para prohibirle las redes sociales a cualquier ser humano menor de 15 años. Al parecer, quiere salvar a los niños de la Unión Europea del terrible destino de ver videos de gente bailando y memes de gatos.
Con la seriedad de quien anuncia el fin del mundo porque se acabó el café, Macron ha enviado una cartita a la Comisión Europea declarando que la «urgencia está ahí». Se ve que ha logrado armar una especie de grupo de WhatsApp de presidentes preocupados, todos de acuerdo en que hay que hacer «algo» con los chamacos y sus pantallas, aunque todavía no se ponen de acuerdo si la edad para el destierro digital debe ser 14, 15 o cuando les salga el primer bigote. Quieren establecer una «mayoría digital», un término que suena tan sofisticado como inútil.
El plan maestro incluye un sistema de verificación de edad que sea «sólido y respetuoso de la privacidad», lo que en el mundo real es más difícil de encontrar que un político que cumpla sus promesas. La idea es que la futura ley también identifique y regule las «funcionalidades adictivas», como el botón de «siguiente video», y ponga límites de tiempo por defecto. Básicamente, Macron quiere que Bruselas decida a qué hora se apaga el wifi en casa de todos, desde Lisboa hasta Varsovia.
Por su parte, Ursula von der Leyen, probablemente mientras suspiraba y revisaba su propio teléfono, prometió presentar propuestas «después del verano». Una promesa con la misma fecha de caducidad que un «luego te pago». Mientras los adultos discuten cómo ponerle puertas al campo, millones de adolescentes europeos ya están buscando tutoriales en YouTube sobre cómo usar una VPN. La batalla está servida.





