El dólar se pone más fuerte que caldo de oso, pero un banco dice que es puro cuento

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Justo cuando pensábamos que podíamos volver a comprar chucherías por internet sin vender un riñón, el dólar estadounidense ha vuelto a inflar el pecho como pavo real en celo. La divisa yanqui se pavonea frente a las demás monedas del mundo, provocando sudores fríos y ataques de pánico en los departamentos de contabilidad. Sin embargo, los aguafiestas del banco ING han salido a decir «no se emocionen», asegurando que esto no es el regreso triunfal del dólar, sino más bien su última pataleta antes de irse a dormir.

El culpable de este alboroto es, como siempre, la Reserva Federal de Estados Unidos, esa entidad que cambia de opinión más que de calcetines. Parece que ahora están pensando en subir las tasas de interés, lo que al dólar le sienta mejor que un traje nuevo. Como resultado, los genios de ING tuvieron que sacar la calculadora y ajustar su pronóstico para el euro, rebajándolo de 1,18 a unos miserables 1,16 dólares. Un drama financiero que seguro no dejará dormir a nadie.

A pesar del susto, en ING insisten en que la caída del billete verde «se retrasa, no se cancela», como si hablaran de un vuelo demorado y no del destino de la economía mundial. Básicamente, han pospuesto el funeral del dólar para la próxima primavera del hemisferio norte. Para entonces, esperan que la inflación se haya calmado y que todo vuelva a la normalidad, como si nada hubiera pasado. Una tranquilidad que huele a chamusquina.

Mientras tanto, el resto de las monedas parecen los extras de una película de desastres. El yen japonés, por ejemplo, está más débil que excusa de político, y el dólar se aprovecha de él sin piedad. Otras divisas de países desarrollados, como el franco suizo, se quedan rezagadas, viendo cómo el dólar les saca la lengua desde la distancia. Es la ley de la selva monetaria, donde el más grande (y con el banco central más caprichoso) se come a todos.

Y por supuesto, en Latinoamérica la telenovela económica está en su mejor momento. Las monedas de la región, que vivían felices haciendo esa jugada de pedir prestado barato para invertir caro, ahora sienten la presión del Tío Sam. Brasil está en un mar de dudas por sus elecciones, con un real que no sabe si subir o bajar. México ve cómo su famoso «superpeso» podría terminar siendo un peso-pluma, con ING proyectando que llegará a 17,25 por dólar.

Finalmente, el peso chileno, que siempre confía en su amigo el cobre, ahora lo ve con desconfianza porque la producción ha caído un 10%. Además, las tasas gringas más altas lo dejan más vulnerable que un celular sin funda. Así, entre elecciones, metales y políticas comerciales, las monedas latinas bailan al son que les toque el dólar, esperando a ver si el gigante se cansa de una vez por todas o si decide seguir con la fiesta a costa de los demás.

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