México instala un puestito en China después de solo veinte años de pensarlo

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En un arranque de velocidad que dejaría en ridículo a una tortuga con reumas, el Gobierno de México finalmente se acordó de que China es un país bastante grande y decidió abrir un consulado en Chongqing. La magna inauguración, que tardó apenas dos décadas en cocinarse, fue celebrada con la misma emoción que uno siente al ver secar la pintura, en un evento «híbrido» que seguramente tuvo a la mitad de los diplomáticos luchando por activar su micrófono en Zoom.

Roberto Velasco, el mandamás de Relaciones Exteriores, se aventó un discurso digno de brindis de boda de un primo lejano, agradeciendo a todo el mundo como si le hubieran regalado un riñón. Declaró que la ceremonia era una «celebración de la amistad» y que el consulado será «una casa abierta». O sea, un lugar donde, con suerte, te invitarán un café mientras esperas ocho horas para renovar un pasaporte que se te venció en 2015.

El nuevo changarro diplomático está en Chongqing, una ciudad con más gente que todo el padrón electoral de México, con sus modestos 32 millones de habitantes. Es el epicentro de la tecnología y la industria, lo que en lenguaje político se traduce como: «Aquí hay un dineral y venimos a ver qué se nos pega». Es de suponer que los cinco mexicanos que viven ahí estaban desesperados por un lugar donde quejarse del picante local y pedir que les mandaran unas tortillas de verdad.

Así que, mientras el nuevo cónsul, Enrique Escamilla, desempaca sus tortilleros y sus botellas de tequila, la «amistad genuina» entre México y China florece. Una amistad que se tomó su tiempo, como noviazgo de pueblo, pero que ahora tiene una nueva oficina para demostrar que, cuando se trata de burocracia, nadie nos gana en tomarnos las cosas con una calma olímpica. ¡Felicidades a los involucrados, ya casi alcanzan al siglo XXI

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