En un evento que fue mitad desfile militar y mitad fiesta de cumpleaños infantil con temática de «fin del mundo», el líder norcoreano Kim Jong-un presentó en sociedad dos de sus cosas favoritas: un nuevo y brillante destructor naval y a su hija, la futura encargada de apretar todos los botones rojos. El buque, bautizado como «Kang Kon», es la última monada de su arsenal, y al parecer, viene con la capacidad de lanzar «ataques de represalia aniquiladores», una forma elegante de decir que puede arruinarle el día a todo el planeta.
Según el propio Kim, este flamante y carísimo pisapapeles flotante es una clara señal para sus adversarios, probablemente para que entiendan que si le suben el precio al aguacate, las consecuencias serán bíblicas. El destructor forma parte de un sistema de respuesta nuclear, lo que significa que no es solo un barco para ir a pescar los domingos. La agencia de noticias estatal, con la sutileza de un elefante en una cristalería, no confirmó si el barco lleva armas nucleares, pero guiñó un ojo tan fuerte que casi provoca un sismo.
Pero la verdadera protagonista del numerito fue la joven Ju Ae, la hija de Kim. Vestida de blanco, como para su primera comunión nuclear, la niña saludó, sonrió y hasta subió a bordo del destructor, dejando claro quién va a heredar la tienda. Los espías de Seúl, que para estas cosas son más listos que un coyote con doctorado, confirmaron lo que era obvio: la niña está en prácticas para heredar el changarro familiar de la tiranía. Una pantalla gigante la mostraba a la multitud, que aplaudía con el entusiasmo de quien sabe que no tiene otra opción.
Como si de una mala comedia de situación se tratara, justo el mismo día, Estados Unidos, Corea del Sur y Japón decidieron empezar su propio fiestón militar en las cercanías, un ejercicio anual para practicar cómo responder a las rabietas nucleares de su vecino. Básicamente, mientras Kim sacaba a pasear su barco nuevo, los vecinos del barrio hacían mucho ruido con sus propios juguetitos caros al otro lado de la cerca, en un despliegue de testosterona geopolítica que ya nadie se toma del todo en serio.
Para no dejar a nadie con la intriga, Kim, como si estuviera anunciando la próxima temporada de una serie, prometió otra sorpresa naval en ocho meses. Los analistas ya están haciendo sus apuestas sobre si será un submarino con jacuzzi o un portaaviones con cancha de pádel. Mientras tanto, el mundo contiene la respiración o, al menos, busca el control remoto para cambiar de canal. Porque al final del día, la política internacional no es más que el programa de telerrealidad más caro y peligroso de la historia.





