A Trump se le cruzan los cables y decide rebautizar Nuevo México con un plumón rojo

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En un episodio que demuestra que el ocio es la madre de todas las ocurrencias extrañas, Donald Trump decidió que la geografía de su país necesitaba una manita de gato, o más bien, un brochazo de patriotismo mal entendido. Armado con su cuenta de Truth Social y lo que parece ser un plumón rojo de punta gruesa, el mandatario compartió un mapa garabateado de Nuevo México, donde la palabra «México» aparecía tachada con la sutileza de un elefante en una cristalería, reemplazada por un contundente «América». El resultado: «Nueva América», un nombre con la misma chispa creativa que un centro comercial de los años noventa. Para que nadie pensara que era una broma de domingo, la cuenta oficial de la Casa Blanca en X replicó la imagen, como una mamá orgullosa colgando en el refrigerador el dibujo de su hijo.

Claro, el arrebato de renombrador en serie de Trump no es nuevo. Ya le había cambiado el nombre al lago Ontario y al Golfo de México en sus ratos libres, porque aparentemente la palabra «México» le provoca urticaria. Sin embargo, sus asesores olvidaron mencionarle un pequeño detalle legal: resulta que cambiarle el nombre a un estado soberano no es tan fácil como cambiar la contraseña del wifi. Para su desgracia, se necesita más que un tuit y el apoyo moral de su equipo de redes sociales; se requiere algo llamado «proceso legislativo», una palabra que al parecer no estaba en su vocabulario del día.

Como era de esperarse, a los políticos de Nuevo México la «sugerencia» les cayó como una patada en el hígado. La congresista Melanie Stansbury respondió con un «¡De ninguna manera!» que se escuchó hasta la estratósfera, argumentando que el nombre del estado tiene más historia, cultura y enjundia que todas las temporadas de una telenovela. La gobernadora y los senadores se unieron al coro de «déjenos en paz», recordándole al mundo que el nombre «Nuevo México» data del siglo XVI, cuando los exploradores españoles andaban por ahí mucho antes de que se inventaran las corbatas rojas extralargas. Básicamente, le explicaron con peras y manzanas que su estado se llama así desde antes de que Estados Unidos fuera siquiera un borrador en una servilleta.

Por ahora, todo quedó en una ocurrencia de domingo por la tarde, un berrinche geográfico sin consecuencias reales. Nuevo México sigue siendo Nuevo México, para alivio de sus habitantes y de los fabricantes de mapas. Mientras tanto, en algún lugar de la Casa Blanca, es probable que Trump ya esté buscando su próximo objetivo en el atlas. Los ciudadanos de Carolina del Sur y Virginia del Oeste probablemente están cruzando los dedos, no sea que al presidente se le ocurra que «América del Sur» y «América del Oeste» suenan mucho más patrióticos.

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