Cuando pensabas que ya habías visto todos los reestrenos posibles, el universo te sorprende con el regreso de un clásico de las disputas territoriales: Reino Unido contra Argentina por unas rocas en el Atlántico Sur. Es como esa pelea de bar de mala muerte que nunca termina, pero esta vez, Donald Trump, el amigo chismoso que a nadie le cae bien, llegó para echar más leña al fuego y pasar las palomitas.
La cosa se puso buena cuando Javier Milei, quien parece haber desayunado un megáfono con café, escuchó a Trump insinuar que podría meter su anaranjada nariz en el asunto. De inmediato, el presidente argentino se subió a una silla, se rasgó las vestiduras y proclamó que soplaban «vientos de cambio». Todo esto mientras los británicos, en una movida tan sutil como un elefante en una cristalería, anunciaban un proyecto petrolero con Israel justo en el patio trasero de la discordia.
Del otro lado del charco, los británicos, con la flema de quien pide el té a las cinco en punto mientras se hunde el Titanic, respondieron con un bostezo y un tuit. El jefe de su diplomacia y el ministro de Defensa sacaron el manual del buen flemático y repitieron el mismo disco rayado: «Las islas son británicas porque sus habitantes así lo quieren». Un argumento tan sólido como decir que tu coche es del vecino porque a su perro le gusta dormir en el asiento trasero.
Mientras tanto, los analistas políticos, esos señores serios que intentan encontrarle lógica al caos, aseguran que a Trump le importan las Malvinas lo mismo que la cría del caracol de pantano. Al parecer, solo está usando el tema para presionar a los británicos y recordarles que le deben favores, como si fuera el padrino de una película de mafiosos de bajo presupuesto. Las acciones de la empresa petrolera involucrada, por cierto, cayeron más rápido que la dignidad de un concursante de reality show.
Al final, en medio de este circo de tres pistas con potencias mundiales actuando como adolescentes en plena crisis hormonal, los 3,000 habitantes de las islas y su ejército de ovejas probablemente solo se preguntan si tanto alboroto les va a subir la factura de la luz. La respuesta, como siempre en estas telenovelas, es que el drama está garantizado, pero el final feliz no está incluido en el paquete.





