Imagínese una fiesta que lleva diez semanas seguidas sin que nadie llame a la policía. Pues algo así está pasando con las monedas de los mercados emergentes, que acumulan su racha de ganancias más larga desde 2007. Estos actores de reparto de la economía mundial están viviendo su momento de gloria, todo porque corre el chisme de que el mandamás de la Reserva Federal de Estados Unidos podría no subir las tasas de interés este mes, y el apetito por el riesgo se ha disparado como adolescente con tarjeta de crédito nueva.
El alboroto se debe a que la probabilidad de que la Fed suba las tasas bajó de un alarmante 70% a un más relajado 50%. Es el equivalente financiero a que tu suegra cancele su visita de fin de semana. Para echar más leña al fuego, uno de los jefes de la Fed, Christopher J. Waller, salió a decir que si la inflación se porta bien, él apoyaría dejar las cosas como están. Los mercados escucharon eso y descorcharon el champán barato inmediatamente.
En esta bacanal económica, las divisas asiáticas son las que más están gozando. El dólar taiwanés, el won surcoreano y el baht tailandés lideran la pachanga, bailando sobre la tumba de un dólar estadounidense cada vez más debilitado. Mientras tanto, otras estrategias que antes eran la sensación, como el famoso *carry trade*, empiezan a mostrar la misma cara de resaca que uno después de la cena de Navidad de la oficina.
Pero que nadie se confíe, porque esta fiesta se sostiene con pinzas. Todo el mundo está de reojo esperando los datos de inflación de Estados Unidos y la decisión final de la Reserva Federal el 16 de septiembre. Estos numeritos son como los padres que están a punto de llegar a casa: podrían unirse a la fiesta o podrían cortar la música, apagar las luces y mandar a todos a dormir con un castigo ejemplar.
De hecho, la publicación de los datos de empleo en Estados Unidos fue descrita como la «prueba de fuego». Un solo dato robusto podría revivir las ganas de la Fed de apretar las tuercas, y este repunte de los mercados emergentes se desvanecería más rápido que una promesa de político. Es un equilibrio tan delicado como intentar armar un mueble de paquete con el manual de instrucciones en sueco.





