El oro sufre una crisis de nervios porque la economía gringa se puso más musculosa de lo esperado

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Al pobre oro, ese metal precioso que se creía el rey de la fiesta, le dio un patatús de antología. Resulta que se desplomó hasta un 2% porque en Estados Unidos, contra todo pronóstico, la gente consiguió trabajo como si lo estuvieran regalando con los cereales. Esta repentina fiebre laboral hizo que los inversionistas pensaran que a la Reserva Federal le va a dar por subir las tasas de interés, y el oro entró en pánico como adolescente sin datos en el celular.

La bomba la soltó la Oficina de Estadísticas Laborales: se crearon 162.000 nuevos empleos en agosto, una cifra que dejó a los analistas con la boca más abierta que arquero en un penal. Con una tasa de desempleo quietecita en un 4,1%, el mercado laboral estadounidense demostró estar más fuerte que el café de la abuela. Esto, por supuesto, es la peor pesadilla para el oro, que prefiere las economías débiles y el caos generalizado para poder brillar.

Como en el patio del colegio, en cuanto el dólar se puso guapo y fuerte, todos le hicieron el vacío al oro. Los operadores, que no tienen un pelo de tontos, aumentaron sus apuestas a que la Reserva Federal subirá las tasas de interés, con una probabilidad que ya roza el 60%. Un dólar más forzudo y unos costos de endeudamiento más altos son como la criptonita para el dorado metal, que no ofrece rendimientos y solo sirve para verse bonito.

Lo más cómico de este drama financiero es que apenas un día antes, el oro andaba pavoneándose como si hubiera ganado la lotería. ¿La razón? Un mandamás de la Fed, Christopher Waller, había insinuado que quizás mantendrían las tasas quietas. El oro se lo creyó todo, demostrando tener la estabilidad emocional de un personaje de telenovela en su capítulo final, pasando de la euforia a la depresión en menos de 24 horas.

Y como las desgracias nunca vienen solas, el oro no se fue al pozo solito. Se llevó de la mano a sus compadres, los otros metales, que también vieron su valor encogerse. La plata se deslizó un 2,5%, mientras que el platino y el paladio también se unieron a la lloradera colectiva. Hasta el cobre, que suele ir más a su aire, registró un modesto descenso, confirmando que la fiesta había terminado para todos.

En resumen, mientras la gente normal celebraba tener un sueldo, el oro se comportó como esa tía dramática a la que todo le parece mal. Así es el circo de las finanzas: un día eres el metal más codiciado del planeta y al siguiente, vales menos que una promesa de político en campaña. El mercado, ese lugar donde la lógica se toma vacaciones permanentes.

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