El director financiero de Minerva, Edison Ticle, tiene un nuevo mantra que repite como si fuera un conjuro para alejar a los cobradores: «Desapalancarse, desapalancarse y desapalancarse. Y desapalancarse, para no olvidarlo». Tras un festín de compras que duró cuatro años y en el que prácticamente duplicaron su tamaño adquiriendo plantas frigoríficas como si no hubiera un mañana, la empresa se ha despertado con una resaca financiera monumental. Las tasas de interés en Brasil les han pegado como una cuenta de bar sorpresa al final de la noche.
La cruda realidad se refleja en una deuda de 14.400 millones de reales, una cifra tan grande que probablemente tiene su propio código postal, y en unas acciones que se han desplomado un 24% en lo que va del año. Por eso, la nueva orden en la casa es clara: se acabó la fiesta. Nuevas adquisiciones están más fuera de los planes que un vegano en un asado. Según el directivo, con los intereses por las nubes, es más rentable pagar deudas que seguir apostando, porque casi ninguna inversión da para cubrir los costos.
Para apretarse el cinturón, la compañía ha anunciado que repartirá los dividendos mínimos, lo que en lenguaje corporativo se traduce como: «Amigos, este año no hay aguinaldo para nadie». El objetivo es pasar de un nivel de apalancamiento de 2,9 veces su ganancia a un mucho más saludable 1,7. Es el equivalente a pasar de una dieta de hamburguesas dobles con tocino a una de lechuga y agua, pero a nivel empresarial. Estiman que alcanzarán esta figura esbelta en unos 18 a 24 meses.
Como quien busca monedas en los cojines del sofá para completar lo del autobús, Minerva planea generar efectivo vendiendo una buena parte de su gigantesco inventario. Resulta que tienen unos 5.300 millones de reales en carne acumulada. Acumularon producto para «preservar su posición» en mercados volátiles, lo que resultó ser una forma elegante de decir que se quedaron con un montón de carne congelada que ahora necesitan vender con urgencia antes de que se les venza.
Después de dos décadas de expansión con cerca de 20 adquisiciones, el director general, Fernando Galletti de Queiroz, intenta ponerle cara de estrategia al asunto, hablando de las ventajas competitivas de Sudamérica. Pero la realidad es que la prioridad absoluta ha pasado de ser el imperio de la carne más grande del continente a simplemente poder pagar las cuentas a tiempo. Mientras tanto, la única grasa que quieren ver en Minerva es la de sus filetes, no la de sus balances financieros.





