El yen, esa moneda que últimamente valía menos que una promesa de político en campaña, decidió que ya estaba bueno de ser el debilucho del barrio y de repente se puso a repartir guantazos. La divisa japonesa se fortaleció de un momento a otro, provocando que los operadores financieros de todo el mundo empezaran a sudar frío y a mirar por encima del hombro como si hubieran visto un fantasma. El mercado, que mueve 9,5 billones de dólares diarios, entró en modo pánico, buscando desesperadamente al culpable de este repentino ataque de valentía.
La excusa oficial es que un pez gordo del Banco de Japón, con cara de no haber roto un plato en su vida, sugirió que podrían subir las tasas de interés. Pero en los pasillos del mercado, donde el chisme corre más rápido que un rumor en una oficina, la sospecha es mucho más jugosa. Todos creen que el gobierno japonés está interviniendo a escondidas, inyectándole dinero al yen como si fuera un pavo en Navidad para que se vea más robusto y saludable, aunque por dentro siga siendo un desastre.
Esta paranoia no es gratuita. Hace apenas un mes, el gobierno japonés admitió haber gastado la friolera de 96.400 millones de dólares para apuntalar su moneda, que se había devaluado a niveles no vistos en cuarenta años. Con esa cantidad de dinero se podría comprar un país pequeño o financiar la producción de unas doscientas películas de superhéroes. Lo hicieron en una operación coordinada con Estados Unidos, convirtiendo una crisis monetaria en un episodio de drama internacional.
El problema de fondo del yen es que sufre de una severa crisis de autoestima. Mientras que en otras economías importantes te pagan intereses decentes por tu dinero, en Japón las tasas son tan bajas que casi te cobran por guardarlo. Si a eso le sumamos que la primera ministra tiene planes de gasto más agresivos que un hincha de fútbol en una final, tenemos la receta perfecta para una moneda que se devalúa más rápido que la popularidad de un villano de telenovela.
La situación se ha vuelto tan absurda que hasta el Secretario del Tesoro de Estados Unidos ha tenido que meter su cuchara. Defendió la intervención pasada argumentando que la volatilidad del yen podría terminar subiendo las tasas de interés en su propio país. En otras palabras, es como si tu vecino de al lado tuviera una fiesta tan ruidosa que amenaza con derrumbar tu casa, obligándote a ir a pedirle que, por favor, le baje un poco a su locura antes de que todos salgan perjudicados.





