Los inversores chilenos, que hasta hace poco eran más cautelosos que abuela cruzando la calle, de repente se han puesto la capa de superhéroes y se están lanzando de cabeza al lado más peligroso del mercado. Aparentemente, la nueva reforma económica del gobierno les ha inyectado una dosis de optimismo tan potente que ahora ven los bonos corporativos de baja calificación como si fueran una ganga irresistible. La cantidad de valientes dispuestos a comprar papeles con calificación BBB, el equivalente financiero a salir con alguien que tus padres no aprueban, se ha triplicado en un mes.
Toda esta euforia se debe a un proyecto de ley que promete reducir impuestos a las empresas y eliminar más trámites que un laberinto, el cual fue aprobado en julio. El gobierno, con el entusiasmo de un vendedor de autos usados, proyecta que la economía crecerá un 3,7% el próximo año gracias a estas medidas. Según los expertos, esta sensación de confianza está haciendo que el mercado le abra las puertas a empresas que llevaban años esperando en la fila, como si fueran el patito feo que de repente se convierte en cisne.
Y hay señales de que la fiesta podría empezar pronto. En lo que va del año, se han creado más de 140.412 nuevas empresas, una cifra récord que sugiere que la gente está desempolvando sus sueños de emprendimiento. Además, desde que el presidente José Antonio Kast llegó al poder, se han aprobado proyectos de inversión por casi 18.000 millones de dólares. Parece que el dinero está empezando a moverse con la misma energía que un niño después de comerse una bolsa entera de dulces.
Pero, como en toda buena historia, hay una letra pequeña que nadie quiere leer. Mientras todos sueñan con un futuro brillante, la economía chilena actual está más estancada que una conversación de ascensor, habiendo escapado de una recesión por un pelo en el segundo trimestre. Para colmo, la misma reforma que genera tanto alboroto podría dejar un agujero en las arcas fiscales durante cinco años, empujando la deuda del país a un nivel que podría provocar una rebaja en la calificación de Chile, el equivalente a que te bajen el límite de la tarjeta de crédito.
A pesar de las nubes negras en el horizonte, como una economía mundial con tos y una guerra en Irán que no ayuda, los inversores locales prefieren ignorar al aguafiestas. Según los analistas, las preocupaciones pasarán a un segundo plano cuando la plata empiece a moverse. Por ahora, los chilenos se lanzan al riesgo con la fe del converso, apostando a que la promesa de crecimiento es más fuerte que la cruda realidad económica. Solo el tiempo dirá si la jugada les sale bien o si la resaca será monumental.





