En el exclusivo retiro espiritual para millonarios de Jackson Hole, el nuevo pontífice de la Reserva Federal de Estados Unidos, Kevin Warsh, bajó de la montaña con sus propias tablas de la ley. En un discurso que sonó más a manual de secta que a política monetaria, presentó los siete principios que guiarán su reinado, dejando claro que a partir de ahora, la Fed operará con el sigilo de un ninja y la transparencia de una pared de ladrillos.
El primer mandamiento es claro: se basarán en datos frescos, como si la economía fuera un pescado que se pudre de un día para otro. Las tendencias importan más que una cifra suelta, lo que significa que dejarán de entrar en pánico cada vez que un indicador estornude. También prometió buscar el equilibrio entre oferta y demanda, aunque admitió con la honestidad de un niño que calcular eso es básicamente un acto de fe, como adivinar el número de la lotería.
Warsh también grabó en piedra el sagrado objetivo del 2% de inflación, declarando que es innegociable y lo perseguirán con la terquedad de un cobrador de Coppel. Además, afirmó que puede lograr precios estables y que todo el mundo tenga trabajo al mismo tiempo, una proeza que suena tan fácil como peinar a un calvo. Para lograrlo, su herramienta principal serán las tasas de interés de siempre, dejando los trucos raros para emergencias nivel invasión extraterrestre.
En un momento de epifanía, el presidente de la Fed nos iluminó con una verdad revolucionaria: el dinero importa. Sí, después de décadas de estudio, los economistas más brillantes del planeta han concluido que la cantidad de billetes circulando tiene algo que ver con la economía. Un descubrimiento que sin duda pasará a los anales de la historia junto con «el fuego quema» y «el agua moja».
Pero la joya de la corona fue su último principio: una Fed más calladita se ve más bonita. Warsh básicamente le dijo al mundo financiero que se acabó el chisme y los adelantos. A partir de ahora, la Fed dejará de dar pistas sobre sus próximos movimientos, obligando a los mercados a vivir en una eterna telenovela de suspenso. Se acabó eso de anticipar las decisiones, ahora tendrán que enterarse por los resultados.
En resumen, el nuevo jefe del dinero quiere una Fed que hable menos y haga más, una especie de club de la pelea monetario donde la primera regla es no preguntar qué van a hacer con las tasas. Los analistas, adictos a la información como a la cafeína, ya deben estar sufriendo un severo síndrome de abstinencia ante esta nueva era del «porque yo lo digo y punto».





