Estados Unidos invierte una fortuna en una mina brasileña que funciona peor que promesa de político

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Imagínese la siguiente escena: Estados Unidos, en un ataque de celos digno de telenovela, decide que ya no quiere depender de China para sus caprichos tecnológicos. Así que, en lugar de ir a terapia de pareja, decide gastarse unos 5.000 millones de dólares en una mina a cielo abierto en Brasil. El plan es tan brillante como intentar apagar un incendio con gasolina: conseguir «tierras raras» para sus juguetitos eléctricos y de defensa, y de paso mandarle un recadito a Pekín.

El pequeño gran detalle es que la mina, de nombre poético Pela Ema, está rindiendo menos que un empleado un lunes por la mañana. Se suponía que debían recuperar cerca del 80% de los minerales valiosos, pero la realidad es que apenas están sacando entre un 20% y un 30%. Es el equivalente a comprar un kilo de tortillas y que te entreguen solo la servilleta. Los jefes ya admitieron que tienen que cambiar los equipos, lo que suena a la excusa perfecta para pedir más dinero.

Pero aquí es donde la cosa se pone verdaderamente absurda. En lugar de cortar por lo sano, una empresa yanqui llamada USA Rare Earth, con el empujón del gobierno, decidió comprar toda la mina por unos 2.800 millones de dólares. No solo eso, sino que el gobierno de EE.UU. se comprometió a comprarles la producción durante 15 años. Es como si tus padres te compraran una fábrica de pasteles que solo produce masa cruda y además te prometieran comerse todo lo que salga de ahí.

El plan maestro tiene otra grieta del tamaño del Gran Cañón. Adivinen quién controla el 91% del procesamiento de estas tierras raras para que sirvan de algo. ¡Exacto, China! Así que, aunque la mina brasileña empiece a funcionar por arte de magia, los estadounidenses no tienen dónde refinar el material. Tendrán que apilar el mineral en un almacén, esperando a que alguien invente la tecnología que su archienemigo ya domina desde hace décadas.

Para rematar el chiste, el anfitrión de la fiesta, Brasil, está empezando a poner sus propias reglas. El gobierno brasileño ya está diciendo que si van a sacar sus recursos, al menos dejen algo de valor y procesen los minerales en el país. Incluso un partido político intentó frenar la venta en los tribunales, alegando que es como regalar las joyas de la abuela. La soberanía, ya saben, esa cosa que surge cuando ven pasar camiones llenos de dinero.

En resumen, Estados Unidos está financiando un proyecto carísimo, con tecnología deficiente, que depende de su rival para funcionar y que encima está en un país que cada vez les pone más peros. Y lo mejor de todo es que los expertos aseguran que este es solo el comienzo y que veremos más de estas «inversiones estratégicas» por el mundo. Preparen las palomitas, porque esta comedia de errores apenas comienza.

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