Estados Unidos organiza un asado de emergencia y le prohíbe la entrada a Argentina

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En una decisión que desafía toda lógica parrillera, el gobierno de Donald Trump anunció que va a organizar una fiesta de importación de carne, pero le puso un guardia en la puerta a Argentina. La administración estadounidense abrirá un cupo temporal para comprar unas 300.000 toneladas de carne vacuna para calmar sus precios internos, que están más inflados que un globo aerostático. Sin embargo, los maestros del asado argentino se quedaron con el cuchillo y tenedor en la mano, porque no están en la lista de invitados.

La exclusión de Argentina, junto con otros pesos pesados como Uruguay, Australia y Nueva Zelanda, no es por mala onda, sino por una razón burocrática tan aburrida que da sueño. Según los organizadores de la fiesta, estos países ya tienen su propio pase VIP con cupos libres de aranceles, así que este evento es para los que no suelen ir a la zona exclusiva. Es como decirle al campeón mundial de fútbol que no puede jugar en el torneo del barrio porque ya tiene demasiados trofeos.

La lista de los que sí podrán venderle carne a Estados Unidos es más rara que un perro verde. Incluye a Brasil y Paraguay, lo cual tiene sentido, pero también a Irlanda, Japón y los Países Bajos. Sí, leyó bien, los Países Bajos, una nación mundialmente famosa por sus tulipanes, sus molinos de viento y, aparentemente, ahora también por sus bifes de chorizo. Uno se imagina a los gringos diciendo: «¡Necesitamos carne, tráiganla de donde sea, incluso si la crían en macetas!».

Toda esta desesperación carnívora se debe a que el rebaño de vacas en Estados Unidos está en su nivel más bajo en los últimos 75 años. Entre sequías, incendios y problemas para traer ganado de México, sus corrales están más vacíos que una promesa de político. El Departamento de Agricultura de allá ya avisó que la producción nacional de carne se va a reducir un 4 %, lo que en la práctica significa que la hamburguesa pronto podría costar lo mismo que una acción de tecnología.

Para que los argentinos no se sientan tan mal, hay que recordar que a principios de año ya les habían dado un premio consuelo. La administración de Trump le amplió a Javier Milei el cupo sin aranceles de 20.000 a 80.000 toneladas anuales, un gesto de «toma, no llores». En ese momento, las ventas de los frigoríficos locales hacia el norte crecían como la espuma, demostrando quién sabe de verdad cómo tratar a una vaca.

Así que, mientras Estados Unidos intenta solucionar su apocalipsis de carne con importaciones de lugares insólitos, Argentina observa desde la tribuna. Es la extraña situación en la que el experto en la materia es enviado a la banca, mientras los aficionados intentan resolver un problema que los argentinos podrían arreglar con un par de parrillas y un fin de semana largo.

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