Donald Trump podría citar la próxima semana a los ejecutivos de las refinerías y las gasolineras estadounidenses, esos tipos que huelen a billete y a combustible caro, para presumir medidas mágicas que bajen el precio de la gasolina. Todo esto mientras la guerra con Irán le aprieta el bolsillo al ciudadano de a pie y las elecciones de noviembre se acercan como suegra en Navidad.
Hay mucho en juego para Trump y sus compinches republicanos, que intentan defender unas mayorías en el Congreso más flacas que dieta de reality. La guerra con Irán se ha vuelto más impopular que cuñado prestando plata, y el alza de la gasolina amenaza con destrozar aquella promesa de campaña de 2024 de bajar el costo de la vida. Las encuestas ya lo tienen con un 33 % de aprobación, y solo un 31 % bancando el conflicto. Traducción: la gente está más harta que empleado un lunes.
Se espera que aparezcan por ahí pesados como Valero Energy, Marathon Petroleum y PBF Energy, junto con los grandes minoristas del combustible. Justo cuando estas mismas refinerías y petroleras se llenaron los bolsillos en el segundo trimestre gracias a que la guerra revolvió los mercados mundiales y escaseó la gasolina. Ganancias tan jugosas que hasta Trump, el mismo que suele defender a capa y espada a los grandes, salió a criticarlos: “Oigan, si están forrados por los precios altos, hagan algo por el consumidor de una vez”.
El presidente viene presionando en público a productores y refinerías para que bajen los precios, como quien le reclama al taquero que le ponga menos grasa a los tacos después de haberse comido tres. Al final, la reunión huele a intento desesperado de maquillar números antes de que las urnas digan “gracias, pero no”. Porque nada dice “liderazgo” como juntar a los que se enriquecieron con el caos para pedirles, por favorcito, que no dejen al votante llorando en la bomba de gasolina.





