Durante un tiempo, Alphabet era la estrella del rock en el festival de las grandes tecnológicas, el consentido de los inversores que apostaban todo a su supuesto dominio en la inteligencia artificial. Sus acciones se dispararon más de un 150% en un año, alcanzando un máximo histórico el 13 de mayo, mientras el resto del mundo luchaba por pagar la suscripción del gimnasio. Pero el cuento de hadas se acabó, y la carroza se convirtió en una calabaza que ahora rueda cuesta abajo y sin frenos.
Desde aquel pico de gloria, la acción ha caído un 15%, perdiendo en el proceso más de 700 mil millones de dólares de valor. Para que se haga una idea, con esa cantidad podría comprar varios países pequeños y todavía le sobraría para los aguacates de todo el año. La debacle se debe a que su posición en la carrera de la IA de repente parece tan estable como un flan en medio de un terremoto, sobre todo después de que el 5 de agosto se esfumaran 186 mil millones de dólares en un solo día.
El principal problema es que la empresa sufre una «fuga de cerebros» más aparatosa que un estreno de película de acción. La puerta giratoria de Google parece una atracción de feria sin frenos, con ejecutivos clave como Jeff Dean yéndose a fundar sus propias empresas y llevándose a sus compañeros más listos con ellos. Si los genios que construyeron el barco se están tirando por la borda, ¿qué se supone que deben pensar los pasajeros?
Mientras tanto, la competencia parece estar jugando al Monopolio con billetes de verdad. Meta le lanzó un paquete de 200 millones de dólares a un directivo de Apple, mientras que OpenAI ofrecía bonos de hasta 100 millones para pescar talento. Las ofertas de trabajo en el sector parecen subastas de arte, donde en lugar de cuadros se rifan ingenieros con sueldos que harían sonrojar a un futbolista de élite. OpenAI, por su parte, ya le ha robado más de 400 empleados a Apple.
Para rematar el cuadro, Alphabet está gastando dinero como si no hubiera un mañana en su infraestructura de IA, al punto de tener que pedir prestados 25 mil millones de dólares. Esto ha puesto a los inversores más nerviosos que un gato en una habitación llena de mecedoras, especialmente porque su nuevo modelo de IA, Gemini, sigue retrasado. Google dice que su «impulso está en su punto más alto», una frase que suena a cuando uno dice «estoy bien» justo antes de desmayarse.
A pesar del drama, la acción todavía acumula una ganancia del 65% en los últimos 12 meses, y algunos optimistas ven la salida de talento como una limpieza de la casa. El resto del mundo, mientras tanto, espera para ver si esta telenovela corporativa termina en boda o en un divorcio carísimo donde los únicos que ganan son los abogados. Hagan sus apuestas.





