Al peso colombiano, la superestrella de las monedas emergentes, se le acabó el encanto esta semana. Después de un año de presumir rendimientos de más del 20%, como el estudiante más nerd de la clase que saca puros dieces, tuvo un tropiezo monumental y cayó un 2,8%. De repente, pasó de ser el rey de la fiesta a convertirse en el pariente incómodo que nadie quiere saludar, registrando el peor desempeño entre 22 de sus compañeros de mercados emergentes.
¿La razón de este drama? La jugada maestra que tenía a todos los inversionistas nadando en billetes, esa de pedir prestado barato para invertir en Colombia con sus jugosas tasas de interés del 12%, encontró un pequeño problemita. Esta timba financiera, que parecía infalible, se dio de bruces contra la cruda realidad: al sistema financiero colombiano, simple y sencillamente, se le acabaron los dólares. Es como organizar la fiesta del siglo y darte cuenta a medianoche de que no hay más cerveza.
El pánico se desató cuando un oscuro indicador técnico, conocido como PCC, se puso en negativo, lo que en cristiano significa que los bancos locales tienen un agujero en sus bolsillos de moneda extranjera. Esto provocó una estampida para comprar dólares como si fueran el último rollo de papel higiénico en una pandemia, mandando al peso a una espiral descendente. La magia se esfumó y la gallina de los huevos de oro empezó a poner huevos estrellados.
Mientras tanto, los analistas financieros, con la calma de quien ve llover desde una ventana, salieron a decir que esta caída es una «corrección saludable». Es el equivalente a que tu médico te diga que una fractura expuesta es una excelente oportunidad para que tus huesos se reorganicen. Un tal José Luis Hernández, de Corficolombiana, aseguró que «el mercado encontró un soporte», una frase que suena muy profesional pero que básicamente significa que el peso dejó de caer porque ya había tocado fondo.
Para añadir más tensión a esta comedia de enredos, todos están mordiéndose las uñas esperando el discurso de Kevin Warsh, el mandamás de la Reserva Federal de Estados Unidos. Sus palabras podrían ser el salvavidas que el peso necesita o la patada que lo termine de hundir. Por si las dudas, algunos estrategas ya están recomendando a sus clientes recoger sus ganancias y salir corriendo, que es la forma elegante de decir «¡sálvese quien pueda!».
Así que el peso colombiano, que se sentía invencible gracias a un nuevo presidente pro-mercado y a unas tasas de interés por las nubes, ha recibido una lección de humildad. Por ahora, la fiesta se ha terminado, la música se ha apagado y los inversionistas que bailaban alegremente ahora buscan la salida de emergencia. La pregunta es si esto es solo un descanso para ir al baño o el final definitivo de la pachanga.





