Justo cuando el nuevo presidente, Abelardo De la Espriella, se acomodaba en su silla y soñaba con recortar gastos como si fuera un cupón de descuento, a la Tierra se le ocurrió darle una sacudida a Colombia. El sismo no solo movió el suelo, sino que le metió un susto de muerte a unas cuentas públicas que ya andaban con respiración artificial. Es la clásica bienvenida cósmica que nadie pide pero que siempre llega en el peor momento.
La billetera del país ya tenía un agujero del tamaño de un cráter, con un déficit que se encamina a superar el 7% del Producto Interno Bruto. Los que saben de números calculan que Colombia necesita una dieta fiscal más estricta que la de un actor de Hollywood, equivalente a un ajuste de entre el 4% y 5% del PIB. Y ahora, con los gastos de reconstrucción, ese ajuste parece tan fácil de lograr como enseñarle a un gato a pagar impuestos.
El presidente De la Espriella llegó con una lista de deseos digna de carta a Santa Claus: bajar impuestos, eliminar otros y reducir el tamaño del Estado en un 40%. Pero la realidad le acaba de dar un cachetadón, recordándole que primero hay que pagar los platos rotos, y en este caso, los edificios rotos. El margen para sus reformas se acaba de encoger más que un suéter de lana en la secadora.
Para apagar el incendio inmediato, el ministro de Hacienda ya está rascando el fondo de la olla. Anunció que usará todo el presupuesto del Fondo de Desastres y que activará un crédito de hasta 450 millones de dólares con el Banco Mundial, lo que equivale a sacar la tarjeta de crédito de emergencia que juraste nunca usar. Eso sí, descartó subir impuestos, porque nada dice “soy popular” como pedirle más dinero a la gente después de un desastre.
Al final, el nuevo gobierno se enfrenta a una prueba de fuego con el nivel de dificultad en modo experto. Tiene que reconstruir medio país, convencer a los políticos de que apoyen sus recortes y, de paso, evitar que la economía se vaya por el barranco. Una tarea titánica que suena menos a un plan de gobierno y más a un castigo divino con exceso de papeleo.




