Los noruegos, conocidos por sus suéteres abrigados y su calma glacial, acaban de demostrar que también saben cómo hacer dinero a carretadas. Su fondo soberano, una alcancía que haría sonrojar al Tío Rico McPato con sus 2,3 billones de dólares, tuvo su mejor trimestre en seis años. La rentabilidad fue tan alta que probablemente tuvieron que contratar a más gente solo para contar los billetes, logrando un 11,5% de ganancia como si hubieran encontrado un tesoro pirata en el sótano.
La fórmula mágica para este milagro financiero no fue el petróleo, sino la nueva fiebre del oro: la inteligencia artificial. Sus inversiones en acciones tecnológicas se dispararon un 16%, gracias a que son dueños de un pedacito de casi todas las empresas importantes del mundo. Sus tres caballos de carreras principales son Nvidia, Microsoft y Apple, lo que demuestra que apostarle a los nerds de Silicon Valley es el negocio del siglo.
El director ejecutivo, Nicolai Tangen, lo resumió con la emoción de quien pide un café: «los chips impulsan el valor del fondo». Traducido del lenguaje corporativo, esto significa que los pequeños trozos de silicio son la nueva máquina de imprimir dinero, y ellos tienen acciones en la fábrica. Este fondo, creado en los años 90 con las ganancias del petróleo, ahora paga la cuarta parte de las cuentas del país, como ese tío millonario que siempre invita a todos.
Sin embargo, tener tanto dinero invertido en el mismo lugar empieza a poner nerviosos a algunos. El 55% de su fortuna está en Estados Unidos, lo que es como apostar todo tu sueldo al mismo caballo. A pesar de las advertencias sobre el riesgo, el fondo tiene las manos atadas, ya que su trabajo es seguir un índice, no ponerse creativo. Básicamente están sentados en un cohete y solo pueden rezar para que no explote.
Mientras la caja registradora no para de sonar, en Noruega se desató un debate más enredado que un audífono en el bolsillo. Se están preguntando si es ético invertir en empresas implicadas en la guerra de Gaza. Es el clásico dilema del millonario: mientras cuentan sus montañas de dinero con una mano, con la otra se rascan la cabeza preguntándose si son buenos chicos. Un comité está revisando las reglas, probablemente en una reunión muy larga y muy seria.
Y para rematar este cuadro absurdo, la solución que encontraron para vigilar los riesgos éticos es… ¡usar inteligencia artificial! Así es, están utilizando la misma tecnología que los está haciendo obscenamente ricos para que les avise si alguna de sus inversiones se está portando mal. Es el equivalente a contratar al zorro para que diseñe el nuevo sistema de seguridad del gallinero. Una genialidad.




