Los demócratas se dan de tortas entre ellos mientras preparan la pelea contra Trump

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Este miércoles las primarias en varios estados de Estados Unidos dejaron al Partido Demócrata con cara de quien ordenó tacos al pastor y le llegaron de suadero: un resultado dividido que ni para echar porras sirve. En Minnesota la izquierda se llevó el trofeo con Peggy Flanagan, que aplastó con el 59 por ciento de los votos a su rival moderada Angie Craig y se quedó con la candidatura al Senado para sustituir a Tina Smith. Flanagan llegó apadrinada por la propia Smith y por pesados del bando progresista como Bernie Sanders y Elizabeth Warren, mientras Craig vendía el discurso de “yo sé ganar elecciones reñidas” como quien presume de nunca haber perdido una rifa del pueblo. Al final Flanagan agradeció a Minnesota con emoción de discurso de graduación y Craig, muy señora de las buenas maneras, le ofreció apoyo incondicional como quien pasa el micrófono después de la pelea en la fiesta.

Pero en Wisconsin la historia se torció más que chisme de vecindario. El centrista David Crowley le ganó por un pelo a la favorita de izquierda Francesca Hong: 39,8 contra 39,4 por ciento, una diferencia tan ridícula que parece contada a mano en una asamblea de condominio. Los sondeos la daban ganadora a ella y al final el centro se llevó el gato al agua para la nominación a la gobernación. Uno casi escucha a los progresistas mascullando que el universo les debe una revancha y a los moderados fingiendo sorpresa de “quién lo iba a decir”.

Con las legislativas de noviembre acechando como suegra en Navidad, el partido anda buscando la fórmula mágica para plantarle cara a Donald Trump y arrebatarles el Congreso a los republicanos. El problema es que no se ponen de acuerdo ni en el aderezo de la ensalada: una nueva camada de candidatos de izquierda quiere jalar el barco hacia su orilla, mientras otros advierten que si se pasan de lanza van a espantar al votante que solo quiere que le bajen la luz. La semana pasada ya había pasado algo parecido en Míchigan, donde Abdul El-Sayed, del ala progresista, sacó una victoria ajustada.

Al final el Partido Demócrata parece una familia numerosa discutiendo el destino de la herencia mientras el vecino de enfrente, Trump, se asoma por la ventana comiendo palomitas y preguntándose en voz alta cuánto va a durar el espectáculo. Porque entre tanto empujón interno, el riesgo es llegar a noviembre más cansados de pelearse entre ellos que listos para la pelea de verdad.

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