El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, soltó esta semana que la llegada masiva de menores migrantes ha convertido la ciudad en un piso de estudiantes con 2.600 % de ocupación por encima de su capacidad. Es decir, como si metieras a once personas en un cuarto de baño y luego te quejaras de que no hay sitio para el papel higiénico.
Según las cifras oficiales, la semana pasada entraron 72.000 personas a nado o caminando, de las que unas 70.000 ya volvieron a Marruecos por donde vinieron. Quedaron 78 fallecidos y, lo más complicado, más de 1.100 menores sin acompañar dando vueltas por las calles como si Ceuta fuera ahora el patio del recreo más grande de África. Vivas lo resumió con elegancia: “Es una situación absolutamente insostenible”. Traducido al español de la calle: “Aquí ya no caben ni los gatos”.
El gobierno central, en plan bombero de última hora, anunció 25 millones de euros de emergencia para que el enclave de 84.000 habitantes pueda atender a los chavales. Mientras tanto, el delegado del gobierno en Ceuta anda por las playas y parques recogiendo menores como si estuviera organizando una excursión escolar que nadie pidió.
El Partido Popular, que gobierna Ceuta, le echa la culpa al Ejecutivo de Pedro Sánchez por no haber declarado la emergencia nacional cuando Vivas ya había avisado días antes. El gobierno responde que la ley obliga a todas las comunidades a acoger y que el PP y Vox tienen que cumplirla igual que los demás. Vox, por su parte, sigue en su línea de “ni uno más”, como el vecino que cierra la puerta cuando ve que viene el primo con maletas.
El resultado es un caos digno de una película de Berlanga: un territorio diminuto convertido en campamento improvisado, políticos tirándose la culpa como si fueran pelotas de frontón, y menores esperando que alguien decida dónde duermen esta noche. Ceuta sigue “con el alma en vilo”, pero el alma ya está hecha un ovillo y no encuentra sitio ni en el suelo.
Si esto sigue así, lo próximo será que declaren emergencia nacional por falta de acera para tanto menor. Porque en este país, cuando la burocracia y la realidad se encuentran, siempre gana la que más tarda en llegar.



