En un giro digno de un guion de telenovela, el diputado Sergio Mayer decidió que la mejor forma de servir al pueblo era pidiendo licencia en la Cámara de Diputados. ¿La misión? Infiltrarse en “Juego de Villanos” de Telemundo, para, suponemos, realizar un profundo estudio antropológico sobre la maldad.
El programa, que inició el 20 de octubre, reúne a 18 personalidades para competir por 200 mil dólares, un modesto presupuesto para su investigación de campo. Mientras el diputado compartía emocionado su aventura, algunos ciudadanos, con alarmante falta de visión, criticaron que pasara más tiempo en foros de TV que legislando. Aparentemente, no comprenden que para legislar sobre villanos, primero hay que convivir con ellos en un ambiente controlado, con cámaras y un jugoso premio.
Fiel a su nuevo papel, Mayer respondió a sus críticos con la sutileza de un antagonista, aclarando que su opinión le importaba «un comino». Su desvinculación de Morena meses atrás cobra ahora sentido; el partido, aferrado a métodos anticuados como asistir a sesiones, no estaba listo para su enfoque de política-espectáculo. Su renuncia fue un acto de dignidad, pues su arte era incomprendido por quienes creen que el trabajo de un diputado es, bueno, trabajar.
Tras concluir su investigación televisiva, Mayer ha retomado sus actividades en San Lázaro, participando en comisiones de Defensa y Presupuesto. Seguramente ahora está mejor preparado, con nuevas estrategias de alianzas y eliminación para aplicarlas en el debate legislativo. La patria se lo agradece profundamente.




