Harto de que su país parezca el escenario de una fiesta de demolición que ya duró demasiado, el presidente ucraniano Volodimir Zelensky finalmente le puso pausa al videojuego. Este miércoles anunció que está dispuesto a congelar las líneas del frente, lo que en buen cristiano significa decirle a Putin: “Quédate con ese 25% del terreno, pero ya deja de mandar tanques a mi jardín”. Esta epifanía diplomática llegó justo después de que Donald Trump, operando como el suegro metiche del planeta, le dijera que o hacía las paces o se preparara para consecuencias “muy negativas”, que suena a que le iba a cortar el internet.
Y aquí es donde la telenovela se pone buena. Justo cuando Zelensky decide tirar la toalla parcialmente, resulta que sus muchachos en el frente andaban de racha. Según los chismosos del Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), los ucranianos acaban de ejecutar la “Operación Vivaldi”, que no es un concierto de música clásica, sino una maniobra que le arruinó a los rusos su plan de hacerle un sándwich a las principales ciudades del este. Los rusos querían rodearlos como se rodea la última croqueta en una fiesta, pero los ucranianos les quitaron el pan y los dejaron con un palmo de narices.
Las cifras que maneja el Kremlin son más falsas que un billete de tres pesos. Mientras el general ruso Valery Gerasimov le presentaba a Putin un Powerpoint lleno de unicornios y victorias imaginarias, asegurando que habían conquistado más terreno que un vendedor de tiempos compartidos y que estaban a cinco kilómetros de Zaporizhzhia, la gente del ISW sacó la cinta métrica y dijo: “Ni de chiste”. Según ellos, los rusos están a más de 21 kilómetros, han perdido 122 kilómetros cuadrados desde septiembre y sus avances del año caben en el patio trasero de una casa. Es como si tu equipo fuera perdiendo 5-0 y el entrenador dijera que van ganando por goleada.
Para colmo de males, el ejército ruso parece estar atacando con lo que encuentra en el garaje. Se reportan asaltos con motocicletas y vehículos todoterreno, una estrategia que parece sacada de una película de bajo presupuesto. Mientras tanto, el Kremlin insiste en que capturó un pueblo llamado Tymoshivka, que está tan lejos de sus posiciones reales que probablemente lo encontraron en Google Maps y decidieron que era suyo. Es la versión militar de poner en tu currículum que hablas mandarín fluido cuando apenas sabes pedir arroz frito.
En medio de este circo, la tecnología también hace de las suyas. Resulta que la defensa aérea ucraniana está sufriendo porque Elon Musk, o la Casa Blanca, o un becario que apretó el botón equivocado, le puso un límite de velocidad al sistema satelital Starshield. Ahora los drones ucranianos no pueden superar los 160 km/h, lo que convierte la persecución de drones rusos en una carrera de caracoles. Mientras Trump niega haberlo ordenado y Musk apunta a Washington, los ucranianos ven cómo los drones enemigos pasan volando mientras los suyos están atorados en el tráfico celestial.
A pesar de todo, Zelensky no se fue sin antes lanzar un par de dardos. Acusó al Pentágono de tener guardados en un cajón unos misiles Patriot que varios países europeos ya pagaron y están listos para enviar. Básicamente, la ayuda militar está atrapada en la misma burocracia que te hace esperar tres horas para renovar tu licencia de conducir. Mientras tanto, Ucrania sigue devolviendo el favor con ataques a refinerías y centros de datos en Rusia, causando tal caos que las empresas rusas ya le pidieron permiso al gobierno para guardar sus datos en “países amigos”, que es la forma elegante de decir: “¡Sálvese quien pueda!”.




