En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela, Donald Trump se puso la capa de súper negociador para explicarnos, con la paciencia de un santo Job con peluquín, su magistral plan para la paz. Básicamente, le dijo a Zelensky que dejara de hacerse el interesante y aceptara que la fiesta se acabó, acusándolo de estirar el chicle de la guerra porque la barra libre de euros y dólares le viene de perlas.
Con la sutileza de un elefante en una cristalería, Trump defendió su estrategia de «no molestar a Putin mientras negocia». Su lógica, aparentemente garabateada en una servilleta, es que no puedes invitar a alguien a cenar si primero le quemas la casa. Por eso, firmar nuevas sanciones sería como echarle picante a la herida y comprarle diésel es, obviamente, un gesto de buena voluntad. «Rusia está haciendo muy poco para ayudar a Irán, y quiero que siga así, a menos que un montón de ineptos se metan en mi camino», sentenció, dejando claro que su paciencia tiene el mismo tamaño que su modestia.
Según la versión del magnate, Zelensky está más feliz que un niño con tarjeta de crédito ilimitada, bombardeando refinerías rusas solo por el gusto de ver el mundo arder (y los precios de la gasolina subir). «¡A Zelensky no le importa!», exclamó Trump, imaginando a los granjeros de Iowa llorando sobre sus tractores. «Con toda la plata que le han llovido, no quiere que termine la guerra. ¡Nunca lo quiso!», añadió, pintando al ucraniano como un fiestero que no quiere que los vecinos llamen a la policía.
Mientras tanto, en Kiev, Zelensky está más o menos como el que llama a los bomberos mientras su vecino le apunta con un lanzallamas y le dice «relájate, estoy negociando». El presidente ucraniano se reunió con emisarios estadounidenses para volver a pasar la gorra pidiendo sistemas antiaéreos, porque parece que los misiles rusos no entienden de diplomacia sutil. Zelensky sospecha que la «estrategia» de Trump se parece sospechosamente a empujarlo a rendirse más rápido que un concursante de ‘La Isla de las Tentaciones’ ante la primera fiesta.
La cruda realidad es que el intercambio de drones sigue más activo que un grupo de WhatsApp familiar. Mientras Rusia deja a miles de ucranianos a oscuras y el Kremlin califica los contraataques como «pataletas de ahogado», Ucrania responde con sus propios juguetitos voladores. Así que, mientras los líderes juegan a ver quién tiene la razón más grande, la gente de a pie se prepara para otro invierno con más velas que un cumpleaños de Matusalén y la certeza de que, en la geopolítica, el único que siempre pierde es el que no tiene un búnker de lujo.



