Resulta que en Francia se armó un fiestón de proporciones épicas este fin de semana, y como en toda buena pachanga que se sale de control, el anfitrión, Emmanuel Macron, amaneció el domingo con una resaca monumental y en modo papá furioso, prometiendo que va a encontrar a los que le rayaron las paredes y le rompieron los muebles para pasarles la cuenta. Al parecer, la convocatoria a una manifestación tranquila se convirtió en una especie de «Viernes de Locos» pero con más fuego y menos Lindsay Lohan.
Con cara de no haber dormido y visiblemente harto de la situación, Macron salió a dar el clásico sermón del día después: «Quienes saquearon, pagan. Quienes quisieron tumbar el changarro, se atienen a las consecuencias». Según el presidente, la culpa la tienen unos «grupos radicales de extrema izquierda» que, como el primo incómodo que llega a la cena de Navidad, vinieron acompañados de un montón de «delincuentes» que solo querían ver el mundo arder y, de paso, llevarse una televisión de pantalla plana sin pasar por caja. «A ver, explíquenme la lógica de prenderle fuego al ayuntamiento. ¡Nada lo justifica!», exclamó, sonando como cualquier adulto al que le acaban de contar que sus sobrinos usaron su colección de vinilos para jugar al frisbee.
Por supuesto, el resto de los políticos, cual vecinos chismosos, no tardaron en asomarse por la barda para dar su opinión. Marine Le Pen dijo que el gobierno de Macron tiene menos autoridad que un maestro sustituto en una secundaria pública. Jean-Luc Mélenchon, por su parte, acusó al gobierno de «jugar con fuego», aunque también se lavó las manos diciendo que sus seguidores «no tienen nada que ver con el saqueo». Mientras tanto, desde el otro lado del charco, Donald Trump, en su papel de opinólogo universal, tuiteó que «Francia está ardiendo», probablemente mientras desayunaba panqueques, y le echó la culpa a la inmigración, porque para él todo se arregla con un muro y un tuit.
El saldo del festival de la anarquía es digno de una película de acción de bajo presupuesto: más de 2.000 detenidos, 500 policías con más golpes que costal de boxeo y 1.500 comercios que ahora parecen escenario post-apocalíptico. En Limoges, al ayuntamiento del siglo XIX le hicieron un «cambio de imagen extremo» con fuego, dejándolo casi en ruinas. Algunos manifestantes se llevaron recuerdos inolvidables, como una adolescente que perdió un ojo y un joven que se quedó sin una mano, demostrando que a veces los premios de consolación en las protestas son bastante terribles.
Al final, como siempre, nadie sabe bien quién empezó, pero todos se echan la culpa. Los organizadores dicen que ellos solo querían marchar en paz, los políticos aprovechan para hacer campaña y Macron tiene la difícil tarea de limpiar el desastre y encontrar a los responsables del caos. Una situación que demuestra que, a veces, la diferencia entre una «reivindicación legítima» y un «desmadre monumental» es solo un par de cócteles molotov de distancia.



