¡Se armó la gorda! Gringolandia castiga a la corte mundial por andar de preguntona

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En una movida que tiene la misma sutileza que un elefante en una cristalería, el gobierno de Donald Trump decidió sancionar a la Corte Penal Internacional. Y para que el chiste se contara solo, lo hicieron el mismo día que una de sus exjuezas se ganaba el Premio Nobel de la Paz. Es como si le mentaras la madre a tu suegra justo después de que te preste dinero para la hipoteca. Washington y sus aliados europeos ahora se miran con la misma cara de incomodidad que dos personas que se encuentran en el baño de un bar.

Informe El Chapucero

La Casa Blanca, que lleva tiempo viendo a la Corte con el mismo cariño que un gato a un pepino, ya había puesto en la lista negra a varios fiscales y jueces. Pero esta vez subieron la apuesta y decidieron cortarle el internet, el café y hasta el papel de baño a todo el edificio. «El presidente Trump no va a permitir que esta pandilla de togados juzgue a nuestros muchachos», berreó el secretario de Estado, Marco Rubio, en un comunicado. «Así que les cerramos el grifo. Que se queden sin fondos y a ver cómo le hacen para funcionar. ¡A ver si así aprenden a no meterse donde no los llaman!».

La rabieta monumental viene porque a la Corte se le ocurrió investigar a soldados estadounidenses en Afganistán y expedir órdenes de arresto contra funcionarios de Israel, incluido el mismísimo Netanyahu. Es el clásico «¡con mis amigos no te metas!». Este tribunal, fundado en 2002 para juzgar cosas serias como genocidios y crímenes de guerra, tiene 125 países miembros, incluyendo a toda la Unión Europea. Básicamente, es como una fiesta a la que todos fueron invitados menos Estados Unidos y Turquía, que se quedaron afuera criticando la música.

Para echarle más leña al fuego, el comité del Nobel le dio el premio a Navi Pillay, una exmagistrada de la Corte, diciendo que era un «recordatorio» en tiempos en que «las instituciones de derecho internacional están bajo ataque». Una indirecta tan directa que se pudo escuchar hasta en la Luna. Rubio, intentando sonar magnánimo, dijo que las sanciones eran para darles «una oportunidad» de recapacitar, lo que suena a cuando tu papá te decía «voy a contar hasta tres…».

Mientras tanto, en la Corte Penal Internacional ya se veían venir el desastre. Llevan meses preparándose como si viniera el apocalipsis: cambiando los programas de Microsoft por versiones de código abierto, como un estudiante sin un peso, y buscando un seguro médico que no los mande al diablo. El secretario de la Corte le rogó a la Unión Europea que activara su «mecanismo de bloqueo», una especie de escudo anti-berrinches gringos, para proteger a las empresas europeas de la furia transatlántica. Todo un drama digno de telenovela de las nueve.

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