En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela de las nueve, el mandamás del Kremlin, Vladimir Putin, finalmente ha cedido a la presión y aceptó sentarse a tomar un cafecito con sus contrapartes de Estados Unidos y Ucrania. La cita, programada para después del 10 de noviembre, promete ser el reencuentro más incómodo desde que te topaste a tu ex en la boda de tu primo. Todo esto, por supuesto, orquestado por el maestro de ceremonias Donald Trump, quien busca desesperadamente un final de temporada para su propio programa de telerrealidad geopolítico.
Según los voceros del Kremlin, que seguramente tuvieron que tirar una moneda al aire para decidir quién daba la noticia, el acuerdo se alcanzó «en principio» tras una maratónica sesión de tres horas. Tres horas de miradas incómodas, suspiros y alguien que seguro preguntó si ya iban a pedir las pizzas. El objetivo de la futura charla es crear unas «garantías de seguridad», que suena a un manual de convivencia para vecinos ruidosos: un pacto para no volver a rayarse el coche ni a poner reguetón a todo volumen a las tres de la mañana una vez que firmen la pipa de la paz.
Por su parte, el presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, con la cara de quien lleva dos años sin dormir bien y viviendo a base de café y galletas de animalitos, ha dicho que está dispuesto a ponerle «pausa» al asunto. En una entrevista, admitió que aceptaría congelar el conflicto tal y como está, lo que básicamente equivale a meter las sobras de la cena al congelador con la vaga esperanza de que algún día te las comerás. Aunque Rusia se quede con un pedazo del pastel territorial, Zelenskyy parece haber adoptado la filosofía del «peor es nada» y está dispuesto a quedarse con el 75% de su país como premio de consolación.
Así que el mundo contiene la respiración, no por la emoción, sino por el miedo a que todo esto termine en una pelea de comida. Los líderes se preparan para esta cita a ciegas diplomática, donde uno llega esperando resolver la guerra y los otros dos probablemente discutan sobre quién tiene el botón nuclear más grande. Preparen las palomitas, porque este drama con tintes de comedia de situación está lejos de terminar. A ver si en esta temporada por fin alguien se decide a cambiarle al canal.




