En una revelación que sacudió al mundo tanto como descubrir que el agua moja, el Royal Mail, el servicio postal británico que probablemente le entregó una carta a Shakespeare, anunció que va a recortar 2,500 puestos de trabajo. La empresa, recientemente adquirida por un multimillonario checo que al parecer acaba de descubrir el correo electrónico, asegura que todo es parte de una «transformación», palabra que en el diccionario corporativo se traduce como «correr gente para que los números se vean bonitos».
Según los genios de la estrategia, el volumen de cartas ha caído un 70%, porque al parecer la gente prefiere mandar memes de gatitos por WhatsApp que usar un sello y esperar tres semanas para que llegue una postal. En un giro de guion digno de telenovela, la demanda de paquetes ha crecido, principalmente porque todos necesitamos que nos lleguen en 24 horas esos calcetines de aguacate que compramos por impulso a las tres de la mañana.
El plan, que suena más a un truco de magia donde la gente desaparece, consiste en «reducir» puestos en la oficina central, esos lugares donde la gente parece muy ocupada moviendo papeles de un lado a otro. Pero no hay que alarmarse, la empresa ha prometido que no habrá «despidos forzosos». En su lugar, implementarán un «programa de bajas voluntarias», que es la forma elegante de decir: «Aquí tienes una caja y una palmadita en la espalda, por favor encuentra la salida tú solito».
Esta movida llega justo después de que la empresa, con más de 500 años de historia, fuera comprada por 3,600 millones de libras. La venta causó un revuelo entre los políticos británicos, quienes de repente se mostraron muy preocupados por el «arraigo» de una institución que, hasta hace cinco minutos, solo les importaba cuando mandaban las multas de tráfico. Ahora, bajo nueva dirección, el Royal Mail se prepara para el futuro, un futuro con menos cartas y, convenientemente, con menos gente a la que pagarle un sueldo.




