Francia presume su misil nuclear y Rusia contesta: ‘El tamaño no importa, es cómo lo usas’

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En un capítulo más de la serie «¿Quién la tiene más grande?», Francia decidió que era un buen día para lanzar un misil con capacidad nuclear desde un submarino, solo para recordarle al mundo que ellos también tienen de esos juguetes caros que pueden arruinarle el día a un continente entero. El presidente Emmanuel Macron, probablemente con el pecho inflado como gallo de pelea, celebró la maniobra como un «mensaje enviado alto y claro», una especie de indirecta en Twitter pero con un presupuesto de miles de millones de euros y un poder destructivo ligeramente superior al de un tuit viral.

Informe El Chapucero

El numerito, realizado frente a las costas de Bretaña, fue el equivalente geopolítico de acelerar el motor de un coche tuneado al pasar frente a la casa de tu rival. Macron no mencionó a Rusia por su nombre, pero todos sabían para quién era la serenata. En medio del drama en Ucrania, donde las tensiones están más calientes que el asfalto en verano, el líder francés quiso demostrar que no solo sabe de quesos y vinos, sino que también puede apretar el botón rojo si se le antoja.

Desde el Kremlin, la reacción fue una mezcla de bostezo y sarcasmo. El portavoz Dmitri Peskov, con la paciencia de un santo aguantando a un niño malcriado, declaró que habían recibido el mensaje «clarito, como el agua». Acusó a Europa de tener una obsesión con la militarización y de construir su identidad a base de buscarle pleito a Rusia, describiendo la estrategia como un «callejón sin salida», que en lenguaje diplomático significa «van por muy mal camino, genios».

Al final, Peskov remató con una joya de la hipocresía, afirmando que Rusia, mientras mantiene al mundo en vilo con sus propias amenazas nucleares, prefiere resolver los problemas «a través del diálogo» y no con «lanzamientos de misiles ostentosos». Un discurso conmovedor que demuestra que, en la política internacional, la coherencia es tan rara como encontrar un político que cumpla sus promesas. La diplomacia del siglo XXI: un intercambio de amenazas veladas mientras todos cruzan los dedos para que a nadie se le vaya la mano.

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