¿Recuerdan esa antigua y loca idea de tener un techo sobre la cabeza que no fuera el de un cajero automático? Pues en España, esa fantasía se ha convertido en una leyenda urbana, más difícil de encontrar que un político que cumple sus promesas. Hartos de que alquilar un estudio cueste lo mismo que patrocinar un equipo de Fórmula 1, los sindicatos han despertado de una siesta de 14 años para convocar una huelga general. ¡Preparen las pancartas y el termo de café!
La chispa que incendió esta pradera de inquilinos cabreados fue el desalojo de una señora de 87 años en Madrid. A esa edad, uno debería estar preocupado por si le toca la petanca con el equipo bueno, no por si un fondo buitre le cambia la cerradura. El drama fue tal, que ahora hay un campamento de protesta en una plaza principal, una especie de festival de música sin música, donde el único cabeza de cartel es la precariedad y los baños son un misterio.
Aprovechando que el río de la indignación suena, el presidente Pedro Sánchez, con más olfato para la oportunidad que un tiburón en una piscina de focas, ha decidido que este es su tema estrella. Después de que su gobierno coleccionara más polémicas que un álbum de cromos, ahora se presenta como el superhéroe de los inquilinos. Es un giro de guion tan predecible que ni en una telenovela de las tres de la tarde se atreverían a tanto.
Mientras tanto, los números son para echarse a llorar sobre la calculadora. El Banco de España, en un alarde de obviedad, dice que falta casi un millón de viviendas. A este paso, viviremos en un estado de acampada permanente. Y para rematar, el alquiler medio se lleva el 98.7% del sueldo de un joven. El 1.3% restante da para un paquete de pipas y contemplar la posibilidad de vivir en una casa hecha de cartón, eso sí, con vistas al parque. Así que el 11 de noviembre, el país echa el freno, no por una final de fútbol, sino para recordarle a los de arriba que la gente necesita un lugar donde caerse muerta que no sea la acera.



