Mohamed confunde árbitro con especie en extinción

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Antonio Mohamed soltó que Katia Itzel García no parecía “un árbitro normal” y el comentario desató la misma tormenta que un fuera de juego mal cobrado en tiempo de descuento. La frase, dicha tras un partido de Liga MX, revive el viejo deporte nacional de cuestionar al silbato, pero esta vez con un toque que huele a naftalina. Hace dos décadas Virginia Tovar ya escuchaba peticiones de que volviera a la cocina; hoy el lenguaje se disfraza de análisis técnico, aunque el fondo sigue siendo el mismo: asumir que la cancha es territorio exclusivo de hombres.

Informe El Chapucero

El absurdo radica en pretender que el error arbitral tiene género. Cuando un árbitro varón falla, se habla de criterio, presión o mala tarde. Cuando falla Katia Itzel, de pronto aparece la duda existencial sobre si las mujeres pertenecen al oficio. Es como si el VAR ahora viniera con detector de cromosomas. La realidad es más simple: la árbitro cuenta con aval de la FIFA, la misma que certifica a sus colegas masculinos. El silbato no distingue entre tacos ni pronombres.

La obra de teatro que se arma alrededor de una sola palabra revela cuánto cuesta aceptar que el puesto se gana por capacidad, no por tradición. Mohamed, como cualquier técnico, tiene derecho a quejarse de decisiones que afectan su equipo. Lo que resulta cómico es convertir esa queja en un examen de pertenencia. Mientras tanto, Katia Itzel sigue corriendo, marcando y recibiendo críticas como cualquier otro colegiado que se gana la vida en el centro del campo.

Al final, el fútbol sigue siendo un escenario donde el talento decide quién pita y quién juega. El resto es ruido de tribuna que, con suerte, algún día sonará tan anticuado como pedirle a alguien que regrese a fregar platos después de un penal bien señalado.

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