A un año de haber tomado el mando, el gobierno de Rodrigo Paz logró algo que parecía imposible: seguir de pie después de un año que pareció un capítulo perdido de una telenovela boliviana de bajo presupuesto. Entre escándalos que olían a combustible adulterado y audios filtrados que harían sonrojar hasta a la suegra más chismosa, el presidente consiguió recuperar algo parecido al control, aunque sea con la misma estabilidad que un globo sobre un campo minado.
Paz llegó al poder prometiendo renovación y centro, pero terminó administrando un país que parecía un auto viejo al que le cambiaron la gasolina por agua sucia. La captura de un narco famoso quedó opacada por el misterio de dónde fueron a parar los bienes incautados, como si alguien hubiera vendido todo en un remate de garaje. Los ajustes económicos, obligados por el Fondo Monetario, incluyeron el fin de las subvenciones al diésel y una flexibilidad cambiaria que dejó a más de uno contando monedas en el bolsillo.
El primer gran golpe llegó con la famosa gasolina basura, esa que dañaba motores como si los estuviera maldiciendo. El gobierno ofreció explicaciones que parecían sacadas de un guion de comedia equivocada: militarizaron plantas, agregaron aditivos y crearon un seguro que nadie terminó cobrando. Nueve meses después, todavía no hay culpables ni cuentas claras, solo motores rotos y paciencia agotada.
Luego vinieron los bloqueos de caminos que duraron casi cincuenta días, con campesinos, obreros y cocaleros exigiendo la renuncia presidencial. El gobierno respondió con diálogos, acuerdos y un estado de excepción que prohibió hasta fin de año cualquier protesta que oliese a barricada. Mientras tanto, las clases medias pedían mano dura como quien pide más picante en la sopa.
Pero el verdadero circo empezó con los audios filtrados. Una mujer baleada en Santa Cruz acusó al asesor presidencial argentino de haberla querido silenciar, y de pronto aparecieron grabaciones donde se hablaba de cargos públicos, negociados y tensiones familiares como si fuera una reunión de condominio con malas vibras. El ministro de mayor confianza del presidente lo resumió con una frase digna de MAD: parecía ciencia ficción, faltaban los Power Rangers.
El caso terminó con detenciones, visas revocadas por supuestos vínculos con el narcotráfico y la caída del fiscal general y del presidente del Tribunal Supremo. La justicia quedó descabezada, el Ejecutivo ganó margen y las mediciones digitales subieron del 19 al 38 por ciento. Los analistas advierten que ese repunte es frágil, como un castillo de naipes en plena ventisca.
Ahora, con cuatro años por delante, Paz enfrenta la tarea de cumplir promesas de redistribución regional y presentar leyes que siguen en el cajón. El país, mientras tanto, sigue pagando la cuenta de no tener partidos organizados ni liderazgos que duren más que un meme. El segundo año promete más pugnas, más audios y la misma sensación de que Bolivia sigue conduciendo un auto sin frenos pero con el tanque lleno de gasolina de dudosa procedencia.



