La planta de Zaporizhzhia, esa mole que Rusia ocupa como si fuera su dacha particular, perdió su última línea eléctrica externa después de un ataque que dejó la red más destrozada que una paella en una comida familiar. Ahora funciona con generadores diésel para evitar que los reactores se calienten como un microondas sin parar, y el combustible gastado no se convierta en una sopa radiactiva.
La línea de reserva Ferrosplavnaya sufrió daños y se desconectó, mientras la principal lleva meses fuera de servicio desde marzo. El personal asegura que mantiene los generadores en marcha como quien vigila la olla de cocido para que no se queme, y los niveles de radiación siguen normales, al menos por ahora.
**Generadores diésel sosteniendo la nevera nuclear**
Ambas líneas están en zona controlada por Ucrania, al otro lado del Dniéper. Sin ellas, la planta depende completamente de diésel, algo tan estable como confiarle el presupuesto familiar a un político en campaña. En junio y septiembre hubo treguas para reparar la red, pero ninguna duró más que una promesa electoral.
El OIEA ya avisó que si se acaba el combustible de los generadores, la cosa se pone fea en cuestión de días. Rafael Grossi lleva meses advirtiendo sobre los riesgos de disparar cerca de reactores nucleares, como jugar al fútbol con una bomba atómica en el patio.
Mientras tanto, los ataques rusos también han obligado a reducir la producción de las otras centrales ucranianas que aún controla Kiev. Los cortes de luz afectan ya a varias regiones, dejando a la gente sin nevera ni televisión justo cuando empieza la telenovela de la noche.
Ucrania perdió su mayor central nuclear al principio de la invasión y ahora depende de tres plantas para generar más de la mitad de su electricidad. La situación actual recuerda a cuando se va la luz en plena final y todos se quedan mirando el móvil como si fuera la solución a todo.



