¡Abróchense los cinturones, damas y caballeros! La telenovela política de Brasil está por estrenar su capítulo final antes del veredicto del público. Este viernes, Luiz Inácio Lula da Silva y el vástago del bolsonarismo, Flávio, se subirán al cuadrilátero televisado por última vez para ver quién convence a más indecisos de que su circo es mejor que el del otro. Las encuestas dicen que esto está más parejo que una final de fútbol definida en penales, con el país entero mordiéndose las uñas como si esperara el resultado de una prueba de paternidad nacional.
El primer encuentro fue una joya del caos, una pelea de verduleras con corbata donde solo faltó que se lanzaran con los tomates de la escenografía. Intercambiaron más acusaciones que figuritas del mundial, con un Flávio Bolsonaro que se dedicó a aparecer por detrás de Lula como un espíritu chocarrero, negando con la cabeza cual muñeco de tablero de coche. Ante tal espectáculo, la cadena Globo ha decidido ponerles un corralito, limitando sus movimientos para evitar que el debate se convierta en una partida de «las traes». Además, más de un millón de almas caritativas rogaron para que un adulto responsable apareciera con un detector de mentiras en vivo, hartos de la lluvia de bulos.
Y es que la campaña se ha convertido en una guerra de lodo digital. Ambos bandos se acusan de esparcir más chismes que una tía en una cena navideña. Bolsonaro hijo denunció un «montón de noticias falsas» con cara de víctima de estafa piramidal, mientras los de Lula aseguran que las redes sociales tienen el algoritmo más cargado a la derecha que un discurso de su suegro. La cosa está tan tensa que, según un politólogo, a Lula se le está haciendo cuesta arriba y este debate es su última bala, su «ahora o nunca» para dar un golpe sobre la mesa.
Mientras tanto, los votantes están más divididos que una familia discutiendo sobre dónde pasar las fiestas. Una odontóloga de Río asegura que votará por Bolsonaro para huir del «populismo» de Lula, a quien probablemente imagina llegando en un unicornio a expropiarle los cepillos de dientes. En la otra esquina, una joven estudiante ve en Lula a su salvador, el que le paga la beca y le permite soñar con un futuro que no sea vender pulseritas en la playa. Mientras tanto, papi Jair Bolsonaro ve todo desde su arresto domiciliario, probablemente en pijama y gritándole a la televisión, condenado por intentar montar su propio final alternativo para la democracia en 2022.
La batalla legal es otro frente abierto, con ambos candidatos pidiendo la descalificación del otro como si fueran niños acusándose con la maestra. El equipo de Lula le ha declarado la guerra a Meta, acusando a Mark Zuckerberg de mover los hilos de Facebook e Instagram para favorecer a su rival. La compañía, con la misma cara de póker de su fundador, admitió «problemas técnicos», la clásica excusa de «no eres tú, soy yo» pero a nivel corporativo y global. Al final, gane quien gane, los brasileños ya se están preparando para los próximos cuatro años de memes, quejas y mucho, mucho drama. ¡Que comiencen los juegos del hambre, versión samba




