La recta final en Brasil: una subasta de promesas y mamporros

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Parece que la contienda electoral en Brasil está más apretada que tornillo de submarino y se ha convertido en una especie de pelea de verduleras en el mercado central. A una semana de que todo el mundo vaya a las urnas de nuevo, Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se están sacando los ojos con una mezcla de ofertas de última hora y amenazas veladas que harían sonrojar a un vendedor de autos usados. La última encuesta dice que están en un «empate técnico», que es el término elegante para decir que nadie tiene ni la más remota idea de quién va a ganar esta verbena.

Informe El Chapucero

Por un lado, tenemos a Lula, que ha decidido convertirse en el Papá Noel de octubre. Su gran jugada fue sacar de la chistera una enmienda para que la gente trabaje 40 horas en lugar de 44, con dos días de descanso pagado. Básicamente, la promesa de que por fin tendrás tiempo para ver esa serie que llevas meses acumulando o para descubrir para qué sirven la mitad de los botones del microondas. Además, está repartiendo plata como si fuera confeti en carnaval: financiación para emprendedores, perdón de deudas y hasta transporte público gratis los fines de semana. Solo le faltó prometer un unicornio en cada garaje.

En la otra esquina, Flávio Bolsonaro, que primero miró la propuesta de la jornada laboral reducida con la misma cara que uno pone cuando le sirven brócoli, pero luego, en una entrevista, tuvo una epifanía. De repente, la apoyaba porque «el pueblo lo estaba pidiendo», un giro argumental más rápido que el de una telenovela de las nueve. Su campaña, sin embargo, se ha centrado en su tema favorito: la seguridad. Propone crear un ministerio de Seguridad Pública y, de paso, bajar la edad de responsabilidad penal a los 14 años. Su plan maestro para resolver la delincuencia es mandar a los adolescentes directamente de la clase de matemáticas a la celda, sin pasar por la casilla de salida.

Para no quedarse atrás en el circo, Bolsonaro se montó un mitin con todo y francotiradores en los edificios, por si a alguna paloma se le ocurría hacer algo sospechoso. Allí, con la solemnidad de quien pide la última cerveza de la noche, reivindicó a su padre y soltó una frase digna de villano de película: «Dijeron que habían acabado con el bolsonarismo, pero se olvidaron de que Jair Bolsonaro dejó millones y millones de semillas». Una afirmación que dejó a los agricultores locales preguntándose si se refería a semillas de soja o a futuros problemas. Prometió gobernar para todos, pero no explicó cómo, porque los detalles son para los débiles.

Así que, con debates que prometen más golpes bajos que un combate de lucha libre y una abstención del 21% que demuestra que mucha gente prefiere quedarse en casa a ver llover, la cosa está que arde. Los candidatos se juegan el todo por el todo para convencer a los indecisos, esa pobre gente que a estas alturas no sabe si reír, llorar o mudarse a la Antártida. Prepárense para el final de temporada, porque esta telerrealidad política brasileña promete más drama, comedia y absurdo que nunca.

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