¡Agarren sus palomitas y prepárense para el espectáculo! Brasil está a punto de presenciar el primer cara a cara entre Luiz Inácio Lula da Silva, el abuelo progre que se niega a jubilarse, y Flávio Bolsonaro, el heredero del caos que cree que la mano dura es poco. El país entero está con el alma en un hilo, como si esperara el resultado de una prueba de paternidad de telenovela, a una semana de una votación que está más reñida que la final del Mundial.
Los preparativos para este circo de dos pistas han sido dignos de una comedia. Mientras los seguidores de Bolsonaro, vestidos como si fueran a una audición para ser la mascota de la selección nacional, se congregaban en la avenida Paulista para gritar consignas, los partidarios de Lula decidieron que la mejor forma de apoyar era montar un numerito de nado sincronizado en la playa, formando su nombre en el agua. Uno se pregunta si el siguiente acto será escribir «democracia» con castillos de arena.
Lula, quien al parecer recién descubrió que internet no es solo para buscar recetas de feijoada, dio un golpe de timón a su campaña. Ahora acusa a Meta de sabotaje, como si Mark Zuckerberg tuviera tiempo de preocuparse por sus publicaciones entre sus reuniones para dominar el mundo. Para modernizarse, ha reclutado a jóvenes influenciadores, probablemente para que le expliquen cómo usar los filtros de gatito en Instagram y lanzar un desafío de baile en TikTok.
Por su parte, Flávio ha adoptado la pose del tipo más rudo del barrio, prometiendo una seguridad tan estricta que hasta las palomas necesitarán permiso para aterrizar. Afirma que el modelo carcelario de El Salvador le «parece poco», lo que sugiere que su plan es arrestar a cualquiera que escuche música a un volumen demasiado alto. Además, ha prometido liberar a su padre, Jair, en un giro de guion digno de una película de sobremesa, aunque asegura que no le dará un carguito en el gobierno, guiño, guiño.
Mientras estos dos titanes se lanzan promesas como si fueran ofertas de supermercado y se acusan mutuamente de tener la legitimidad de un billete de tres pesos, los brasileños de a pie solo pueden observar. Entre perdones de deudas, más días de descanso y discursos de mano dura, la única certeza es que el domingo por la noche se van a dar hasta con la chancla. El resto del país, bueno, que vaya preparando el ibuprofeno para la resaca electoral.



