La jefatura de la Policía de Polonia salió a aclarar que sus agentes no estaban allí para montar un circo, aunque todo apuntara a lo contrario. Según el comandante Marek Boron, los uniformados solo pretendían evitar que el Tribunal Constitucional de Varsovia se convirtiera en un patio de recreo para adultos con toga y malas pulgas. Durante dos días, el edificio parecía más un estadio de fútbol que una sede judicial, con miles de personas afuera gritando consignas y adentro jueces disputándose el mando como si pelearan por el mando a distancia de la tele.
Boron insistió en que la Policía no toma partido en líos políticos, como quien dice que el árbitro no es hincha de ningún equipo aunque cobre el sueldo del ayuntamiento. El mensaje sonaba a declaración de principios: “el uniforme no lleva colores de partido”, algo así como jurar que el traje de chaqueta no te convierte en invitado a la boda. Aun así, el texto pedía protección legal para los agentes, porque en estos enredos siempre termina alguien demandado por usar el silbato en el momento equivocado.
Todo empezó cuando el presidente Karol Nawrocki se negó a juramentar a varios jueces elegidos por el Parlamento, como si dijera “a estos no los invito ni a mi cumpleaños”. El primer ministro Donald Tusk, por su parte, declaró que hay que restaurar el Estado de derecho, frase que en la práctica significa “voy a meter mano hasta que esto funcione como yo quiero”. La jueza Anna Korwin-Piotrowska anunció que asumía la presidencia y mandó borrar nombres de la web oficial, lo que provocó que el tribunal acusara una “toma ilegal” como si alguien hubiera entrado a robar el café de la máquina.
Al final, la cosa quedó en que nadie sabe muy bien quién manda, pero todos coinciden en que la Policía debe quedarse al margen. Mientras tanto, los polacos observan el espectáculo desde casa, preguntándose si el próximo capítulo incluirá expulsión de jueces por tarjeta roja o simplemente un empate a cero que nadie entiende.




