Harald de Noruega muere a los 89 dejando el trono en pleno culebrón

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Resulta que el rey Harald de Noruega, el monarca vivo más viejo de Europa y el que llevaba más de tres décadas intentando no parecer solo el hijo del rey extrovertido, se fue este viernes a los 89 años. Falleció en paz en el Hospital Universitario de Oslo a las 6:35 de la madrugada, tras una infección bacteriana en la sangre que lo tenía ingresado desde el 17 de agosto. Como quien se despide sin hacer ruido después de una fiesta larga.

Informe El Chapucero

Harald había pasado de la sombra de su padre Olav a modernizar poco a poco un cargo ceremonial que sirve sobre todo de símbolo de independencia. Redujo compromisos en 2024, se puso marcapasos permanente después de un susto en Malasia y dejó claro que el juramento de rey era para toda la vida: ni abdicación ni retiros anticipados. Él mismo iba a los desastres con botas de goma y chaqueta vieja, consolaba al país con la voz entrecortada y hasta se metió cuatro días en la selva amazónica a dormir en hamaca con los yanomami a los 76 años. Deportista, regatista y defensor de la tolerancia, se había ganado un 9,2 de popularidad en las encuestas, de esos que ya quisieran muchos políticos.

Pero la familia real noruega no está precisamente para fiestas. La princesa heredera Mette-Marit carga con el escrutinio por su amistad con Jeffrey Epstein (ya pidió disculpas), su hijo Marius Hoiby fue condenado a cuatro años por violación y violencia doméstica (ambos lados recurrieron) y ella misma salió de un trasplante de pulmón justo cuando tocaba celebrar las bodas de plata. El apoyo a la monarquía bajó al 60 % y luego repuntó un poco, como audiencia de serie que se recupera a base de spoilers.

Así se va Harald: el reformista que sacó el trono al siglo XXI, reconfortó al país tras la matanza de Breivik diciendo que la libertad pesa más que el miedo, y ahora deja el reinado a su hijo en medio de dramas dignos de telenovela de sobremesa. Moral de la historia para adultos: hasta el rey más querido y con botas de goma termina descubriendo que las coronas no protegen de las infecciones, los chismes ni de los parientes que convierten el palacio en un reality sin guion.

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