Parece que a Francia se le pasó la mano con el vino y el queso, y ahora sufre una resaca monumental en forma de calles destrozadas y tiendas de lujo con menos inventario que un político con promesas cumplidas. Tras un fin de semana de «compras gratis» y fogatas urbanas, el primer ministro, Sébastien Lecornu, sacó la chancla verbal y anunció que se acabó el pachangón: toques de queda para todos los que no se sepan comportar.
Como si fuera un padre harto de los berrinches de sus hijos adolescentes, el gobierno ha decidido que la mejor solución es mandar a todo el mundo a su cuarto. «Esta noche se decidirán nuevos toques de queda allí donde la situación lo requiera», tecleó Lecornu en la red social X, probablemente mientras se preparaba un té de tila. La decisión, sin embargo, se la deja a los prefectos y alcaldes, en un claro ejemplo de «tú lidia con el mocoso, que a mí ya me dio jaqueca».
Mientras tanto, el ring político está que arde. El primer ministro, con la misma sutileza de un elefante en una cristalería, culpó a la «extrema izquierda» de querer armar un desbarajuste antes de las elecciones. Jean-Luc Mélenchon, sintiéndose aludido, le respondió con un «¡A que no te atreves a decirlo en mi cara y sin llorar!», exigiéndole pruebas o que se disculpara y dejara de echarle leña al fuego. Es el drama que la política francesa necesitaba para competir con las telenovelas.
La policía, a pesar de desplegar 60,000 agentes, resultó ser más inútil que un paraguas en un huracán. Al parecer, no fueron suficientes para controlar a hordas de gente que de pronto descubrió una pasión irrefrenable por los televisores de pantalla plana y los bolsos de diseñador. El presidente Macron, en un acto de liderazgo supremo, le rechazó la renuncia a su ministro del Interior y le dijo: «No, señor, usted no se va a ningún lado. Me arregla este cochinero y luego ya vemos».
Los que sí están llorando sobre la leche derramada (y los cristales rotos) son los comerciantes. Casi 3,000 tiendas fueron «redecoradas» al estilo Mad Max. El dueño de un par de locales de ropa en Marsella lo describió como un «auténtico tornado» de gente que rompía todo y, para colmo, los insultaba. Hasta la tienda oficial del Olympique de Marsella fue saqueada, demostrando que algunos tienen prioridades muy claras: primero el botín, luego el fútbol. Las boutiques de lujo en París, como Dior, Rolex y Louis Vuitton, ahora parecen escenarios postapocalípticos, esperando que algún influencer grabe un video de «mi haul del saqueo».
Para rematar el circo, el gobierno le ha pedido «por favorcito» a las plataformas digitales que no dejen vender los artículos robados, en una muestra de optimismo que roza la inocencia. Mientras tanto, Francia se prepara para otra noche de «a la camita temprano», demostrando que no hay nada como una buena crisis nacional para recordarle a la gente que la verdadera anarquía es intentar armar un mueble de IKEA sin el instructivo.



