Europa se pone los pantalones largos para ir a jugar en el congelador del planeta

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¡Atención, terrícolas con problemas de primer mundo! La Unión Europea, esa entidad burocrática que tarda seis meses en decidir el color de las servilletas para la cafetería, ha despertado de su siesta y se ha dado cuenta de que el Ártico es el nuevo lugar de moda. Resulta que mientras ellos debatían sobre la curvatura del plátano, Rusia y Estados Unidos ya habían montado un fiestón en el Polo Norte, y ahora los europeos quieren su trozo del pastel helado antes de que se derrita por completo.

En un arrebato de iniciativa que ha sorprendido a propios y extraños, Bruselas presentará una «nueva estrategia» que suena a lista de propósitos de Año Nuevo: más cables submarinos para que no se les caiga el internet mientras ven series, satélites para competir con el juguete de Elon Musk, y una flota de rompehielos, porque aparentemente se dieron cuenta de que no se puede llegar al Ártico en una Vespa. El objetivo es claro: dejar de ser el niño que mira desde la ventana cómo los demás juegan en la nieve y convertirse en un «socio fuerte y fiable», o sea, el que pone la casa para la fiesta pero con reglas estrictas.

El detonante de esta crisis de identidad europea fue cuando a Donald Trump se le botó la canica y casi intenta comprar Groenlandia como si fuera un terreno en oferta. Aquello fue la llamada de atención que necesitaban en Bruselas para entender que su vecino del otro lado del charco a veces actúa como un millonario caprichoso en un centro comercial. Por eso, el nuevo plan menciona a Estados Unidos lo menos posible, como a ese ex tóxico del que prefieres no hablar. En su lugar, planean hacerse amiguitos de Canadá y otros países del norte, en una especie de club de «los que tiemblan de frío pero con dignidad».

Pero el verdadero dolor de cabeza tiene nombre y apellido: Vladimir Putin. La estrategia europea identifica a Rusia como el chico malo del barrio, acusándolo de «amenazas híbridas», que es la forma elegante de decir que andan haciendo chanchullos y jugarretas de espías de película barata, como sabotear cables y mandar drones a fisgonear. Para contrarrestar esto, la UE quiere vigilar la «flota en la sombra» de Moscú, que suena menos a una operación naval y más a un grupo de barcos que se mueven con la sutileza de un elefante en una cristalería.

En resumen, la Unión Europea ha decidido que ya es hora de sacar el abrigo, las botas y la cartera para unirse a la pelea por el último rincón virgen del planeta. Ahora solo falta ver si no se les congela la iniciativa… y los fondos. ¡Qué empiece la guerra fría, pero esta vez, literal

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