Marco Rubio, a quien esta semana le tocó el papel de vendedor viajero con gastos pagados por el gobierno, está haciendo las maletas para una excursión a la India. Su misión, si es que la entiende, es convencer al gobierno indio de firmar un acuerdo comercial que tiene más cláusulas ocultas que un contrato de telefonía móvil. Todo esto, mientras intenta que nadie se dé cuenta del elefante en la habitación: un elefante que chapotea alegremente en petróleo ruso.
El meollo del asunto es más enredado que una telenovela venezolana. El presidente Trump, en un arranque de generosidad que nadie vio venir, decidió perdonarle a la India los aranceles por seguirle comprando crudo a su amigo el oso siberiano. Mientras tanto, Rubio tiene que ir a poner cara de serio y decirles que dejen de ser amigos de Rusia. La hipocresía es tan descarada que si fuera una persona, ya tendría su propio programa de telerrealidad. Sobre todo, porque se supo que Estados Unidos acaba de comprarle un cargamento de diésel a los mismos rusos para bajar el precio de la gasolina antes de las elecciones. ¡Haz lo que yo digo, no lo que yo compro!
La agenda de Rubio en la India parece un popurrí de actividades para aparentar que trabaja. Se reunirá con ministros y con un multimillonario llamado Mukesh Ambani, un tipo con tanto dinero que probablemente se limpia las lágrimas de la risa con billetes. Para el toque sentimental, depositará unas flores por las víctimas de los atentados de 2008, un gesto solemne entre tanto regateo que parece sacado de un bazar turco. Eso sí, el primer ministro Narendra Modi, casualmente, no tiene un hueco en su agenda. Estará ocupado, suponemos, buscando ofertas de petróleo en internet.
Ante las preguntas incómodas, Rubio ha sacado del manual del político profesional frases como «estamos muy cerca de un acuerdo», que es la versión diplomática de «ya casi llego» cuando todavía estás en pijama. También ha justificado las compras de India con excusas como que «la geografía es real» y que es «difícil cambiar de la noche a la mañana». Básicamente, es como decirle a tu pareja que sigues viendo a tu ex porque vive cerca y te da flojera conocer gente nueva.
Al final, este sainete diplomático demuestra una vez más que en las altas esferas de la política, la coherencia es un artículo de lujo. Estados Unidos quiere un socio comercial, un aliado contra China y, si es posible, que la India deje de financiarle la fiesta a Moscú. Pero claro, todo sin que suba el precio del combustible en casa. Así que mientras Rubio sonríe y estrecha manos, el verdadero negocio se cierra en los puertos petroleros, probando que la moral internacional es más flexible que un instructor de yoga.



