Evan Bernstein asumió en agosto como jefe de B’nai B’rith International y ya anda dando vueltas por el planeta como un vendedor de aspiradoras que nadie pidió. Llegó a Argentina para charlar con voluntarios antes de seguir hacia Europa, donde seguramente lo esperan con la misma cara que uno pone al ver la cuenta del supermercado.
Durante la entrevista contó que la filial argentina, que está por cumplir cien años, reparte medicamentos, ayuda a mujeres golpeadas, organiza diálogos entre religiones y defiende a la comunidad como si fuera el portero de un boliche lleno de borrachos. Todo muy noble, pero Bernstein soltó la frase que nadie quiere oír: “No hay un lugar seguro para la comunidad judía”. O sea, ni en la casa de la tía abuela que guarda galletitas.
El tipo explicó que el odio ahora viene de la extrema derecha y de la extrema izquierda, un efecto herradura que funciona como cuando dos vecinos que se detestan terminan de acuerdo en que el perro del otro es un desastre. Las redes sociales, según él, actúan como gasolina: tirás un fósforo y en dos minutos tenés un incendio en el que nadie admite haber prendido el fósforo.
Bernstein insiste en que la solución pasa por hacer amigos fuera de la comunidad: saludar bomberos, policías y políticos como quien invita al vecino a un asado para que después no le tire la basura al patio. Porque si la gente no te conoce, termina creyendo que sos el 30 % de la población mundial y que controlás hasta el semáforo de la esquina.
Al final, el mensaje es claro: el antisemitismo se expande más rápido que una oferta de dos por uno en supermercado, y la única defensa real parece ser salir a charlar con quien no te da bola. Mientras tanto, Bernstein sigue viajando, oyendo voluntarios y tratando de que el mundo no se convierta en un grupo de WhatsApp donde todos gritan al mismo tiempo.




