En un episodio más dramático que final de teleserie venezolana, el canciller chileno, Francisco Pérez Mackenna, cruzó el charco para tener una cita romántica en Londres con su colega británico, Ed Miliband. El motivo del encuentro, que tenía menos de diplomático y más de pedir pololeo, era «elevar la relación» a una «asociación estratégica». O sea, dejar de ser amigos con ventaja para formalizar el asunto, con anillito y todo. Todo esto mientras, de fondo, el buque «Danstar» se prepara para zarpar a las Malvinas, generando una pelotera de barrio con Argentina que todos juran que ya se calmó.
Con la misma convicción de quien jura que empezará la dieta el lunes, Pérez Mackenna se puso el traje de gala y le cantó una serenata al oído a su par británico: «Chile valora esta larga relación, pero creo que llegó el momento de… ya sabes… pasar al siguiente nivel». El plan es simple: crear un marco de cooperación tan profundo que parezca perfil de pareja en Facebook. Además, aprovechó de pasar el sombrero, invitando a los británicos a invertir en Chile. «¡Vuelvan, que estamos atractivos de nuevo! Traigan sus cachivaches tecnológicos y sus grúas, y nosotros les mandamos paltas con corbata para que vean que le agregamos valor a todo», remató el canciller, casi guiñando un ojo.
Mientras tanto, en el otro lado de la cordillera, el drama del «Danstar» tuvo un giro argumental digno de guionista flojo. Después de días de tensión, donde parecía que se iban a agarrar de las mechas por un barco, Argentina decidió aplicarle la ley del hielo al conflicto. El canciller che, Pablo Quirno, salió a decir que no piensan detener el buque y que la relación con Chile es «excelente», culpando a «jugadores externos» de querer armar cahuín. Básicamente, la versión diplomática del «no, si no estoy enojado, para nada».
La declaración fue recibida en Chile con el mismo alivio que siente uno cuando la tarjeta de crédito pasa en el supermercado a fin de mes. Políticos como Iván Moreira y Máximo Pavez aplaudieron la calma, valorando las palabras del argentino como si fuera un horóscopo que por fin acierta. «Qué bueno que dicen que todo está normal», aseguraron, mientras cruzaban los dedos para que el buque no lleve por error una carga de camisetas de la selección chilena. Así las cosas en el cono sur, donde la diplomacia se parece cada vez más a un capítulo de «Caso Cerrado» y los barcos llevan más chismes que provisiones.



