Chile estrena el «pilla-pilla» migratorio con permiso para buscar debajo de la cama

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¡Atención, ciudadanos del mundo! Chile, ese país tan largo que parece un fideo con complejo de rascacielos, ha decidido renovar su catálogo de entretenimiento nacional. Aparte del vino, los temblores y discutir si la palta es fruta o verdura, ahora se estrena el deporte extremo de la «expulsión exprés», donde el gobierno juega a las escondidas con los inmigrantes y, para no perder, se ha inventado sus propias reglas.

El Congreso, en un arrebato de eficiencia que ya quisieran para arreglar los baches de las calles, aprobó una ley que es básicamente un pase VIP para la policía. Ahora, con un papelito firmado por un juez, los agentes del orden podrán tocar a tu puerta y entrar «con permisito» para llevarse a cualquiera que tenga una orden de expulsión. Se acabaron los días de hacerse el sueco y no abrir la puerta; ahora la ley te la abre por ti. Es como cuando tu madre entraba a tu cuarto sin tocar, pero con consecuencias legales y un posible viaje de vuelta a casa sin escalas.

Lo más cómico de este sainete es el árbol genealógico de la ley. La semillita la plantó el expresidente izquierdista Gabriel Boric, pero quien la regó y ahora recoge los frutos es el ultraderechista José Antonio Kast, que llegó al poder con la promesa de deportar a más de 330,000 inmigrantes, una cifra tan ambiciosa como prometer bajar de peso después de las fiestas de fin de año. Por supuesto, la realidad es más terca que una mula: en seis meses apenas ha logrado sacar a 1,800 personas. A ese ritmo, va a necesitar unas cuantas reelecciones y la ayuda de los hechiceros de Catemaco.

El gran obstáculo en el plan maestro de Kast tiene acento caribeño. La mayoría de los indocumentados son venezolanos, pero la relación diplomática con Venezuela era tan fluida como el tráfico a las seis de la tarde. Aunque recientemente acordaron «ser amigos de nuevo», parece que del dicho al hecho hay un trecho más largo que la propia cordillera de los Andes. Mientras tanto, para no quedarse con las ganas, el gobierno ya prepara su siguiente jugada maestra: un proyecto para que la migración irregular sea considerada un delito. Porque, claro, si no puedes ganar el juego, lo más fácil es cambiar las reglas y acusar a los demás de hacer trampa.

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