Parece que la paciencia en Francia tiene menos vida útil que un yogur fuera de la nevera. Tras una reunión de dos horas con el gobierno, que al parecer fue tan productiva como intentar enseñarle a un gato a declarar impuestos, los sindicatos salieron echando más humo que una parrillada de barrio. Sophie Binet, la jefa de la CGT, básicamente le dijo al primer ministro que se guardara sus promesas vagas donde no le da el sol y convocó a una huelga nacional para el 5 de noviembre que promete paralizar hasta el vuelo de las moscas.
«Se acabó el diálogo de sordos, ahora vamos a subirle el volumen a este culebrón», declaró Binet con la sutileza de un martillo neumático. «Hacemos un llamado a que todo el mundo deje lo que está haciendo el 5 de noviembre y se una a la fiesta del descontento. ¡Que arda Troya, o al menos que no funcione el metro!». A su lado, Marylise Léon, del sindicato mayoritario, añadió que si el gobierno no pone sobre la mesa algo más que buenas intenciones antes de esa fecha, «aquí va a arder hasta el apuntador». Básicamente, le dieron al gobierno un ultimátum con menos margen que el de un estudiante entregando un trabajo a las 11:59 de la noche.
Según los líderes sindicales, el encuentro en la sede del gobierno fue una obra maestra del desprecio. Describieron la actitud de los ministros como la de alguien que atiende una llamada de telemercadeo mientras ve su serie favorita: puro desinterés. «Nos trataron con el mismo entusiasmo que se recibe a un testigo de Jehová un domingo a las 8 de la mañana», se quejó Binet. Aparentemente, la única oferta concreta fue la promesa de otra reunión para hablar de lo mismo, lo que en el mundo real se conoce como «patear la pelota hacia adelante con estilo».
Para rematar el cuadro, los «chalecos amarillos», que nunca se pierden una buena parranda de protesta, ya anunciaron su propia marcha por París. Así que mientras los políticos siguen en su burbuja de promesas etéreas y reuniones inútiles, la calle se prepara para un noviembre más caliente que el asiento de un coche en pleno agosto. Francia se prepara para un espectáculo de caos y cacerolazos que hará que cualquier disputa familiar por los terrenos de la abuela parezca una conversación civilizada.




