Más de ciento cincuenta y ocho millones de brasileños se levantan este domingo con la misma cara de quien abre la nevera y encuentra solo mayonesa vencida: tienen que elegir entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro en un balotaje que parece final de reality show con cuchillos de verdad. Las urnas abren a las ocho de la mañana en Brasilia y cierran a las cinco, justo a tiempo para que los primeros resultados salgan antes de que la gente termine el segundo café.
Lula, con ochenta primaveras a cuestas, busca lo que ningún candidato logró desde el regreso de la democracia: ganar en segunda vuelta después de perder la primera. Flávio, por su parte, promete meter a los narcos en una cárcel tan llena que tendrán que turnarse para respirar. Entre los dos se pelean a los cuarenta y ocho millones de brasileños que ni los quieren ni los tragan, un número tan grande como la cola del supermercado un viernes de quincena.
La abstención puede decidirlo todo. En la primera vuelta faltó el veintiuno por ciento del padrón, y en algunos pueblos la gente se quedó en casa como quien evita la reunión familiar del Día de la Madre. En Minas Gerais, el estado que siempre elige presidente, Bolsonaro ganó por cinco puntos, pero ahora los indecisos deciden si se quedan viendo fútbol o van a votar.
Bolsonaro repite que va a declarar la guerra al narcoterrorismo y que los delincuentes van a estar presos o “neutralizados”, palabra que suena a que los van a mandar a otro planeta. Lula, en cambio, sube un quince por ciento el Bolsa Família y promete transporte gratis los fines de semana, aunque los expertos ya calculan que el recibo va a llegar más caro que la cuenta del restaurante cuando invitaste a toda la familia.
El país entero parece un partido de fútbol entre dos equipos que nadie soporta del todo, pero al que hay que ir igual porque la entrada ya está pagada. El que gane se va al Palacio de Planalto; el que pierda se queda gritando en la tribuna hasta la próxima elección.




