Río de Janeiro se convirtió en el escenario de un carnaval fuera de temporada, donde en lugar de samba y lentejuelas, el menú del día fue una ensalada de pánico y pancartas. Miles de personas, con más nervios que un gato en una perrera, salieron a marchar contra Flávio Bolsonaro, el heredero del trono del caos, demostrando que en Brasil la política es un deporte de alto riesgo con más giros que una telenovela venezolana.
El grito de guerra era claro: «No al padre, no al hijo», una especie de oferta «dos por uno» en disgusto político que nadie pidió. Mientras los jóvenes y no tan jóvenes desfilaban, una administradora de 25 años lloraba a moco tendido, aterrada de que el nuevo Bolsonaro le hiciera la vida imposible a su esposa transexual. El miedo era tan palpable que se podía untar en una galleta. La gente recordaba con cariño el gobierno del papá Bolsonaro, famoso por su gestión de la pandemia, a la que calificó de «gripecita» mientras el país acumulaba más de 700,000 muertos, una cifra que ni el guionista más sádico se atrevería a escribir.
Mientras tanto, Flávio, en un intento de parecer un tipo duro y fiscalmente responsable, anda por ahí mostrando unas tijeritas de preescolar para simbolizar los recortes que planea. Al parecer, la motosierra de su colega argentino Javier Milei estaba fuera de su presupuesto. Con esas mismas tijeritas amenaza con hacerle un «corte de pelo» a las universidades y al programa de Farmacia Popular, lo que dejará a la gente buscando medicinas como si fueran el último boleto para un concierto de Bad Bunny. Irónicamente, a los señores de traje y corbata en la bolsa de São Paulo les encantó la idea, y las acciones subieron como la espuma de la cerveza en viernes.
En la otra esquina del cuadrilátero, tenemos a Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente veterano que, a sus casi 81 años, ha decidido que es hora de convertirse en una estrella de las redes sociales. En un movimiento que sacudió al mundo digital, Lula, que hasta hace poco creía que TikTok era una marca de caramelos, publicó su primer video selfi. Con la estabilidad de un flan en una lavadora, animó a la gente a salir a la calle, básicamente pidiendo que lo saquen a pasear y le expliquen cómo funciona eso de los filtros.
Así que Brasil está en una encrucijada, atrapado entre elegir el regreso de una dinastía que ve la democracia como una sugerencia opcional y un líder que acaba de aprender a usar la cámara frontal de su teléfono. Saquen las palomitas y preparen el antidepresivo, porque gane quien gane, el espectáculo de los próximos años promete ser una obra maestra del despropósito.



