Ayer estaban todos descorchando champaña y lanzando billetes al aire como si fueran estrellas de rock, pero hoy Wall Street amaneció con un dolor de cabeza digno de fin de año y la cruda realidad de que la fiesta se acabó. Los culpables de aguar la celebración fueron el petróleo, que coquetea con los 100 dólares como un galán de telenovela, y las tasas de interés, que suben más rápido que el colesterol de un fanático de las fritangas. La euforia por la inteligencia artificial se esfumó tan rápido como una promesa de político en campaña.
Para echarle más limón a la herida, la Reserva Federal publicó las notas de su última juntita, que básicamente decían: «¿Ven esa pequeña alegría que sienten? Pues vamos a quitársela». Los funcionarios, en un ataque de unanimidad que ya quisiera cualquier equipo de fútbol, confirmaron que están más que dispuestos a seguir subiendo las tasas para combatir la inflación. Actúan como ese vecino amargado que llama a la policía a las diez de la noche porque la música está muy alta, arruinándole la diversión a todos en el edificio.
De repente, las acciones dejaron de ser la chica popular del baile y ahora tienen que competir por atención. Su nuevo rival son los bonos del Tesoro, que por primera vez en décadas se ven tan atractivos como una quincena adelantada. Es como si el nerd del salón de clases se hubiera puesto en forma y ahora todos quieren salir con él porque ofrece estabilidad y no te dejará en la quiebra. Los analistas ahora dicen que las empresas necesitan mostrar ganancias espectaculares solo para justificar su existencia.
Mientras tanto, en otras partes del vecindario financiero, el caos también reinaba. El petróleo sigue de divo por los ataques iraníes en el estrecho de Ormuz, manteniendo los precios por las nubes como cuenta de restaurante en zona turística. Por su parte, las criptomonedas se desplomaron como castillo de naipes en un huracán, liquidando a un montón de optimistas que apostaron el dinero del alquiler a que el bitcóin llegaría a la luna. Ni el oro ni la plata se salvaron, demostrando que en esta crisis ni el tesoro de la abuela está seguro.
Y en medio de todo este drama, ¿quién es el único que sale ganando? El dólar estadounidense, por supuesto, que se pone más fuerte cada vez que el mundo entra en pánico, como ese amigo que se alimenta de la desgracia ajena. Las monedas de América Latina, por su parte, no sabían si correr en círculos o hacerse las muertas, mostrando un desempeño tan mixto como una ensalada de frutas con mayonesa. Al final del día, parece que la única inversión segura es una caja de calmantes.



